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Full text of "El azahar y la rosa"

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Obras de 

V BASSO MAGUO 

El diván y el espejo 
(Poesía, 1917) 

Canción de los 
pequeños círculos 
y de los grandes 
horizontes 
(Poesía, 1927) 

La expresión Heroica 
(Prosa, 1928) 

Tragedia de la imagen 
(Prosa, 1929) 

Antología poética 
(1958) 




Vicente Basso Maglio 


EL AZAHAR Y LA ROSA 


PROLOGO DE ESTHER DE CACERES 

Carátula de José Pedro Costigliolo 




Homenaje al Poeta 
Basso Maglio n 


En un trance desde cipreses dije una vez con versos doloridos 
mi recuerdo y sueño del Rey poeta llorando por la muerte de un 
amigo: 

“ . . . y el arpa de David calla entre heridas, alas y brisas . . . 

Ahora es Vicente Basso Maglio quien se alejó de nosotros por 
un camino de sombra y soledades. Y todo el aire se ha estremecido 
hasta quedar mudo, mientras la primavera se asomaba velada por 
las lágrimas. Porque un gran poeta, que vivió escondido en sí mis- 
mo y por sí mismo, deja de cantar y de decir su fe. Que así vivió 
Basso Maglio su más acendrada y verdadera vida: en celda, canto 
y fe, como un salmista. 

Por eso pudo decirme en una carta hace muchos años, publi- 
cada en una Antología de su tiempo: 

“ Como poeta soy la fe. La fe establece la diferencia absoluta, 
total, entre el conocimiento limitado o la verdad temporal y el 
conocimiento creador. Y en este conocimiento por la fe, pro- 
fecía y poesía significan lo mismo”. “La poesía es ese único 
conocimiento creador, que tiene que ser ya musical”. 

Así declaraba lo que en sus versos se percibe como raíz de la 
expresión cantada: la experiencia interior revelada"* por vía musi- 
cal y por vía de la imagen, llegando al aire delicado en que los 
medios se transfiguran sin perder su misterio ontológico. 

La poesía de Basso Maglio aparece con una dorada madurez en 
su libro Canción de los pequeños círculos y de los grandes hori- 
zontes. Allí está todo el ser del poeta, su revelación. Allí le cono ■ 


5 



timos: y desde que apareció ese libro, la afirmación del autor y sus 
valores quedó plantada en el mundo, como un árbol. Eran unos 
poemas plenos de riqueza, de fina música, de imágenes generosas. 
Y a pesar de esa gran riqueza, la presencia espiritual del creador 
asomaba conteniendo cualquier abuso de la forma, defendiendo a 
la obra contra aquellos peligros inherentes a la grave confusión de 
medios con fines. Con un raro equilibrio él salvaba el riesgo 
que Baudelaire señaló, afrontando con heroísmo y saber dos 
grandes amenazas: la supremacía del espíritu o la supremacía de 
la realidad. 


* * * 

Estaba en esos cantos el poeta que se anunciaba en el hermoso 
poema “El laurel” de su primer libro, y el poeta que se transfor- 
maría en un peregrino del canto llano, del arte simple; y también 
el poeta que glosando la hermosa lección de Eugenio D’Ors, descu- 
bre sus propias claves en La expresión heroica señalándonos la di- 
ferencia esencial entre la “claridad difícil” y la “claridad fácil”. 

i 

Y ya le conocimos. Para lo cual no era necesario saber su al- 
ma dramática, ni aquella “duda heroica” que Basso separó con fra- 
se inolvidable de “la vacilación sin fuego” y que hacía de él la 
criatura crucificada que sabemos. 

Ni era necesario escucharle cuando encendía el aire con su voz, 
tendida como una espada quemante de amor, en los días de gue- 
rra, de tiranía, de injusticia. Bastaba leer los poemas de “Canción 
de los pequeños círculos y de los grandes horizontes” para tener la 
feliz certidumbre de aquella alma, para saber que en esos versos 
cantaba uno de los más grandes poetas de nuestra lengua. 

Hasta los que amamos la poesía desnuda, la de los medios po- 
bres, nos sentimos conmovidos pór el arte logrado de esa Canción. 
Había allí, antes que la música de las palabras, un movimiento pro- 
fundo, también musical, cada vez más descubierto y caracterizado 
por los críticos; ese “canto sin sonido, inaudible al oído, que testi- 
moniaba la presencia de un poeta”; ese canto “que en la poesía clá- 
sica no se da, supeditado a lo conceptual, y que en la poesía mo- 
derna pasa a primer plano”. Es la música, que en Basso Maglio 
nos llega a través de un trabajo fino y terco, de una delicada aten- 
ción al oficio, de una tensa vigilancia para mantenerse fiel a la 
intuición poética. Un sentido del matiz y un exquisito buen gusto 
amortiguaba la riqueza: y nos reconciliaban con la generosa inspi- 
ración, con los pródigos símbolos, con la muy acariciadora música. 

Pero todavía hay más. ¿Qué centella cruza súbitamente el aire 
cuando leemos esos versos de Basso Maglio? 


6 



El Tú que aparece en ellos es un Tú tan intenso y tan tocado 
por la experiencia íntima, que su resplandor domina todas las imá- 
genes y los hallazgos musicales del lenguaje. Ese Tú nos conduce 
a la fuente de las formas prístinas. Tal ese el poder de la Poesía, 
cuando ella es auténtica y fiel, y por eso reconocible solamente 
para los seres auténticos y fieles. 

El Tú de aquel libro precioso es el Tú de los grandes poetas 
místicos. Confiere una condición misteriosa y sagrada a esos poe- 
mas, y los lleva a una soledad de alta estirpe. 

Muy lejos de ese sentido esencial aparecieron imitadores y 
críticos que confundían lamentablemente la gran riqueza de aquel 
estilo con la hazaña retórica. 

El poeta, que estudió con lucidez y sutileza, en un capítulo de 
La expresión heroica, la influencia de Rubén Darío en la poesía 
hispano americana, ejerció a su vez, una influencia intensa en nues- 
tro medio. Pero por desdicha ella se produjo en muchos casos se- 
gún modos serviles o parciales. Y entre los imitadores — conscien- 
tes o no de su dependencia — hubo los que sólo siguieron la línea 
exterior de esa poesía, sin saber que ella se apoya en la íntima 
experiencia intransferible de donde nacen los símbolos. 

Frente a todo eso, Basso Maglio sabía muy bien, con una grave 
conciencia de verdadero creador, la distancia que Maritain ha se- 
ñalado entre la imagen y el concepto, entre “la comparación deli- 
berada” (modo retórico, no creador) y “la imagen iluminante in- 
mediata”, sin concepto intermediario, encendida por la intuición 
poética. 

Y muchas veces le recordamos las palabras de Mallarmé: “El 
canto surgió de fuente innata, anterior a todo concepto, de modo 
tan puro como para reflejar en el exterior mil ritmos de imágenes”. 
El poeta sabía todo eso. Pero tenía una vocación patentizada en su 
humildad conmovedora, en su dignidad de solitario, en su absoluta 
indiferencia a todo halago fácil. 

* * * 

Este creador tan dueño de sus medios intrumentales ricos ; ca- 
paz, como pocos, de dominar las imágenes y mantenerlas en su jus- 
to límite sin alejarse de la fuente; dotado para recibir algunos sím- 
bolos de la gran tradición y para enriquecerlos con un acento nue- 
vo de poderosa belleza, quiso el desierto para su poesía. Renunció 
a sus poderes propios; se quedó, como un asceta que sabe contem- 
plar con ternura las maravillas del cielo y de la tierra, buscando 
un canto simple, el canto llano a que aspiró durante largos años 
y al que llegó después de los difíciles trances de una creación apo- 
yada en el alma tensa y el oficio riguroso . Este ejercicio buscado 
con pasión se anunciaba ya en las páginas de “Tragedia de la imá- 


7 



gen” en el tierno asombro del poeta ante las palabras de Barra- 
das: “¡Si se pudiera desaprender el dibujo!”, así como en el texto 
de la carta antes aludida donde me dice: “Mis libros tienen una 
inquietud febril de imágenes confiadas en semejanzas temporales”. 

Vocación de pobreza, vinculada a aquella a que se alude en la 
Bienaventuranza por la que sabemos que de los pobres es el Reino 
de los Cielos. 

Quedó, pues, el Poeta en su desierto. 

* * * 

Ni el tiempo que ha pasado; ni el proceso de Arte que en este 
tiempo se ha vivido, ni las imitaciones, ni las contrafiguras; ni los 
desenfoques, insuficiencias u omisiones de la Crítica; nada de eso 
ha podido marchitar el acento de aquel libro en que las imágenes 
nacen y se apoyan en una melodía ligada a la estructura del verso, 
pero, además, y antes, en una melodía interior, en una experiencia 
poética profunda, en esa “ melodía primigenia” , movimiento musical 
que caracteriza a la intuición poética y que precede a todo el Arte 
del lenguaje, condicionándolo. Y así dijo hermosos versos simbo- 
listas, ciñendo las imágenes en un equilibrio formal que detiene a 
toda pasión barroca y la sujeta a un orden, como ocurre con los 
grandes músicos. Hasta que no sólo en aquel Tú pungente, en el 
clamor en que late profunda y lenta la sangre, sino en toda visión 
del paisaje, de la gracia del día o de la noche, la experiencia poética 
y la experiencia religiosa animan, desde adentro, las imágenes, y 
nos muestran al poeta con los ojos abiertos a las maravillas de la 
Creación, adorando como el salmista. Por eso hay un puente vivo 
entre los versos de Canción de los pequeños círculos y de los gran- 
des horizontes y el acápite que el autor les dio traído de un remoto 
Salmo: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos; el cielo y las 
estrellas . . .”. 

Desde aquellos cantos, editados hace más de treinta años, has- 
ta el día de su muerte, Basso Nfaglio trabajó en el ejercicio de li- 
beración que se había propuesto. 

Quien lea con alma atenta los versos de “Canción” y este Can- 
to Llano, verá, a pesar de las diferencias, la misma fuente, la misma 
tensión que clamaba en el Tú de los poemas distantes: la misma ex- 
periencia espiritual, que da unidad a la obra de Basso Maglio. 

Pienso que en la melodía de Canción de los pequeños círculos 
y de los grandes horizontes se siente más la nostalgia del destierro, 
siempre unida a la línea inmortal de los Salmos: 

“En las márgenes de los ríos de Babilonia nos sentábamos con 

lágrimas al recuerdo de Sión . . .”. 

Y que tal vez hay, como siempre en el canto llano, más paz, 
más libertad, más adecuación de los medios para el vuelo en este 
poema último. 


8 



Este acento de paz, ese vuelo tenso y seguro del Canto llano 
ha sido la última profecía de Basso Maglio: la última, definitiva 
victoria de su poesía; prefigura de la victoria de su alma, siempre 
asediada por las grandes nostalgias del destierro, y sin embargo 
siempre entregada a la alegría de la creación, con esa presencia 
viva del yo creador, todo generosidad; del yo de la Poesía, antítesis 
del ego, que se revela porque “se da muerte, a fin de vivir en una 
obra, en esa especie de éxtasis que es la creación”. 

* * * 

El poeta murió en la mañana del 15 de setiembre, día en que la 
Iglesia de Cristo contempla las Siete Saetas de la Madre Dolorosa. 

Su voz no atravesará más el aire del mundo clamando por la 
justicia y la misericordia; o buscando, en desesperados tanteos casi 
incomprensibles el consuelo de los tristes por el camino del inge- 
nio que juega ,o de la risa distraída; ni se encerrará recóndito, en 
los más secretos ámbitos de su ser para balbucear allí la oración, 
o el cántico. 

Ha callado bajo las últimas violetas del invierno. 

Pero su silencio está pleno de unos versos perennes que, como 
las tensas cuerdas de un arpa sagrada, llaman ardientemente al 
gran secreto del Amor de Dios. 

Y vuelvo a mis lejanos versos, de un “Trance desde cipreses”, 
en el momento en que ellos se abren otra vez a la esperanza in- 
mortal: 

Mientras el arpa de David ya canta 
tu glorioso regreso, 

¡tu victoriosa imagen en el Divino 
Espejo! 


II 

Después de meditarlo, no encuentro mejor actitud, en este 
momento en que aparece “El azahar y la rosa” que dar su texto 
sin glosa alguna. Difícil es hablar de ese libro, nuevo y oscuro, lle- 
gado a nosotros desde el silencio y la sombra, como una extraña dá- 
diva entregada por las mismas manos del poeta, en un último 
generoso ademán. 

Creemos que la exégesis de ese libro necesit^ su tiempo, su 
distancia, su meditación apacible, elementos necesarios para enten- 
der y valorizar un texto difícil en cuya composición resplandecen 
los acentos poéticos ligados al carácter estilístico del autor, junto 
a un pensamiento a veces obsesivo de muy escondida entraña. 

Las dificultades se acrecientan por la coexistencia de la expre- 
sión de textos sagrados y el libre desarrollo de un pensamiento que 


9 



se separa de esa raíz. La Crítica ha de estudiar alguna ver este ca- 
rácter en su doble aspecto frente a las ideas del escritor y frente 
a los rasgos estilísticos que proceden de tal tendencia. 

Muchas veces hablé con el poeta sobre esos textos sagrados y 
sobre la proyección que ellos tenían en su pensamiento y en su obra. 
El los amaba y se hundía en ellos con rara pasión; combatía con 
ellos; ansiaba llevarlos a su propia vorágine. Y desde los niveles 
eternos y apacibles de la Biblia hasta la vorágine de nuestro amigo 
iban y venían llamas. Era un combate misterioso; y en él vivía, 
trágicamente, nuestro salmista. Pudo descansar, como en algunos 
momentos apacibles de “Canción de los pequeños círculos y los 
grandes horizontes” en su melodiosa y tierna poesía, en la desnuda 
belleza de su “Canto llano”. Pero renunciaba a esa gracia, a ese 
aire tranquilo de sueños, llevado por un dramático destino que le 
hacía buscar, por caminos nuevos y difíciles, aquella luz que se 
da en las Escrituras y que sólo se recibe según cierta docilidad 
sobrenatural conferida por el Espíritu Santo. 

“El azahar y la rosa” revela ese destino trágico que muchas 
veces se percibe — aunque no tan intenso — en “Tragedia de la 
imagen ” y en “La expresión heroica”. De un modo pungente incide 
ese destino en toda la concepción del libro. El poeta, pocas horas 
antes de su muerte, nos señaló su obra terminada y nos dijo su fe 
en el mensaje que había logrado expresar, después de muchos años 
de terca y apasionante labor. 

Y nosotros, conmovidos al encontrarnos aquel dramático acen- 
to, aquel combate intenso, en estas páginas plenas de preguntas an- 
siosas, de relámpagos y de graves claroscuros, entregamos el nue- 
vo libro con el temblor, el respeto y el hondo cariño con que siem- 
pre miramos, en Vicente Basso Maglio, la tenaz búsqueda de la 
Verdad y de la Poesía pura. Esa poesía cruza por toda la obra y se 
detiene en algunos momentos, a cantar, en versos a cuyo acento 
llega, desnuda y lúcida, la visión del poeta, ya dueño de unos me- 
dios depurados con los que puede Revelarnos la belleza del mundo. 
En esos momentos de prosa poética, en esos versos ceñidos, y en esas 
imágenes esenciales, sentimos la trascendencia de esta obra. Por- 
que en ella, y por el intenso don de la Poesía de Basso, todo se 
convierte en canción. 

Esther de Cáceres (*) 


(*) Cuando murió Vicente Basso Maglio, en setiembre de 1961, el Con- 
sejo de Gobierno, por moción de su presidente, Dn. Eduardo Víctor 
Haedo, resolvió, en su homenaje, publicar el libro que el poeta dejara 
Inédito y que tituló “El azahar y la rosa”. 

El señor Ministro de Instrucción Pública, Dr. Eduardo Pons Etcheverry, 
encargó de esa edición al arquitecto Alberto Muñoz del Campo y a mí. 
Recogimos el libro; y encontrando los originales de otra colección que 
mucho amaba Basso Maglio, decidí incluir en la edición una antología 
breve de los poemas de “Canto llano”, cuyo acento se cruzó muchas veces 
en nuestros diálogos con el poeta. — E. de C. 


10 



EL AZAHAR Y LA ROSA 


No hay más teatro que 
la poesía 

porque no hay más 


acción que la crejpón. 


V. 


B. M. 


Entre tanto que tenéis la 
luz, creed en la luz, 
para que seáis hijos de 
la luz. ' 

Juan (12,36) 


11 




Canción de cuna 


I 


en la oscuridad — 

UNA VOZ DE MADRE. — ( Angustiada .) 

Si te pido la rosa, 
no te pido una rosa; 
si te pido la rosa, 
no me des una rosa; 
si la rosa es la rosa 
solamente una rosa; 
no te pido la rosa, 
no me des una rosa . . . 

(Pausa.) 

ay . . . ¿quién sabe su nofmbre, 
cuando es toda la flor? 

CORO DE MADRES. — (Meciendo las cunas de sus hijos.) 
Duerme, duerme, duerme . . . 

(Por algunos instantes, se escucha el vaivén de las cunas.) 

CORO DE MADRES. — 

Duerme, duerme, duerme . . . 

UNA VOZ DE MADRE. — (Angustiada.) ' ' 

Si te pido la estrella, 
no te pido una estrella; 
si te pido la estrella, 
no me des una estrella; 
si la estrella es la estrella, 


13 



solamente una estrella; 
no te pido la estrella, 
no me des una estrella . . . 

(Pausa.) 

ay . . . ¿quién sabe su nombre, 
cuando es toda la luz . . . ? 

CORO DE MADRES. — (Meciendo las cunas de sus hijos.) 

Duerme, duerme, duerme . . . 

(Por algunos instantes se escucha el vaivén de las cunas.) 
CORO DE MADRES. — 

Duerme, duerme, duerme . . . 

(Un breve momento más, se escucha el vaivén de las cunas.) 

I I 


(En mediana claridad.) 

LA MUERTE. — (Llega con paso leve: trae entre sus bra- 
zos una cuna de niño, de madera oscura, cubierta de blanco ; 
mira hacia todos lados : la deja caer suavemente sobre el suelo; 
palpa afanosamente su vacio; la,mece con voz lenta y sombría.) 
Duerme, duerme, duerme . . . 

(Se va con el mismo paso leve; la cuna queda moviéndose 

sola.) 


III 

ANA. — (Con el niño en brazos: avanza con temor.) 
(Vuelve a escucharse entre tanto el vaivén de las cunas, 
que disminuye poco a poco hasta hacer un rumor lejano.) 

ANA. — (Se detiene; descubre la cuna: abraza al niño; re- 
trocede, estremeciéndose.) 


IV 

LA MUERTE. — (Retorna presurosamente; y mientras 
Ana va retrocediendo, la toma con dulzura por el torso y la 
aproxima a la cuna: cuando llega a ella la muerte toma al niño.) 

ANA. — (Trata de reconquistarlo, desgarradoramente.) 
No . . . 


14 



V 


LA VIDA. — (Aparece inmediatamente; se dirige a la 
Muerte.) 


VI 

DANZA DE LA VIDA Y DE LA MUERTE. - (La Vida 
y la Muerte luchan por la posesión del niño; triunfa la Vida; 
pone al niño en brazos de Ana; la Muerte huye; la Vida corre 
tras de ella.) 


VII 

(Torna a escucharse el vaivén de las cunas.) 

CORO DE MADRES. — 

Duerme, duerme, duerme . . . 

(Se pierde lejanamente el rumor de las cunas.) 

ANA. — (Inclina el niño sobre su seno como para que es- 
cuche.) 

— ¿Oyes, hijito? Vosotros nunca queréis dormir . . . Somos 
nosotras, nosotras las madres, las que os dormimos. 

(Levanta al niño en el aire como una ofrenda.) 

— ¡Ay ... si un hijo solo, uno solo, quedara siempre des- 
pierto! * « 

(Reclina el niño sobre su seno; se acerca a la cuna; la se- 
ñala; interroga al niño.) 

— ¿Esta es tu madre? 

(Toma la cuna por un extremo y la aparta de sí, con cierta 
violencia.) 

— Madre Muerte . . . Madre Muerte: en ti, se duermen 
todos, al nacer. Yo sé por que estás ahí. Estás ahí porque están 
siempre en nuestro vientre. Tú recibes los hijos ya dormidos, 
y en ti no despertarán jamás- 

(Al niño: ahogando la voz.) 

— A ti solamente te lo digo. Nunca te pondré en la cuna 
de los muertos 

(Señala la cuna.) 


15 



— Yo no soy tu madre. . . allá, allá, ¿ves?, yo no soy tu 
madre. 

(Lo estrecha profundamente sobre su pecho.) 

— Aquí, sí, aquí, tú serás mi hijo . . . Unos sois los hijos 
concebidos por las madres. Otros sois las madres concebidas 
por sus hijos . . . Unos sois los hijos de nuestro vientre. Otros 
sois nuestra entraña. Las madres no tenemos vientre; no nos 
deis vientres . . . Queremos entrañas . . . Dadnos las entrañas... 

(Se escucha el rumor de las cunas mecidas.) 

— No ... No . . . Estas son las madres que duermen a sus 
hijos; las madres que mueren con sus hijos. Pero, tú no oirás 
jamás esa canción de cuna. Hay un canto incomparable, eterno, 
la entraña de todos los cantos . . . No es del mundo, porque 
el mundo es una madre sobre la otra. Es de la tierra, es de la 
tierra, que aún no tiene hijos. 

(Levanta al niño hacia el frente.) 

Yo pregunto . . . 

. . . .(Eleva la voz.) 

— Yo pregunto . . . ¿Quién ha visto una criatura despierta 
en la vida? 

( Calla como si esperara la respuesta.) 

— ¿Quién ha visto un hijo real sobre la tierra? 

(Aún aguarda que le contesten.) 

— ¿Nadie? 

(Con voz intensamente dolorida.) 

-¿Nadie . . . ? 

VIII 

(Pedro, Elisa, Clara y Marta llegan apresuradamente; se 
detienen frente a Ana.) 

CLARA. — Llamaste, Ana. 

ANA. — (No responde .) 

ELISA. — Fuiste tú, Ana? 

ANA. — Qué oísteis? 

MARTA. — Un grito. 

PEDRO. — Era un grito? 

CLARA. — Un grito parte? Un grito golpea? 

ANA. — Vosotras sois madres? 


16 



ELISA. — Si... 

MARTA. — Tenemos hijos . . . 

ANA. — Basta con eso? 

CLARA. — Ellos nos tienen a nosotras. 

ANA. — Y vosotras, los tenéis a ellos? 

ELISA. — Qué somos, entonces, Ana? 

ANA. — Menos que las mujeres estériles. Porque las mu- 
jeres estériles pueden tener por hijo, al amor. No es en él, 
acaso, que debemos aferrar una esterilidad que no dé hijos 
para el mundo, sino para la tierra? 

PEDRO. — (Sin entender.) Hoy, nosotros; mañana, 
ellos . . . Vivimos y morimos. 

MARTA. — ¿Quién sabe más? 

ELISA. — No es posible- 
CLARA. — Es todo . . . 

PEDRO. — Cuando no hay ni más ni menos que saber. 
ANA. — (Mira y calla ; con piedad .) Estáis engañados. 
MARTA. — Nos engaños? 

ANA. — No. 

(Pausa.) 

— Os engañan - . . Desde el principio . . . Quiero decir: 
comienzan por engañaros. Y, entonces, nadie puede separar la 
vida, del engaño. Es imposible desengañaros. 

CLARA. — Somos tan ignorantes? 

ANA. — No. Los ignorantes no quieren saber. Son santos. 
PEDRO. — Yo lo dije: Vivimos y morimos. 

ANA. — Lo de vivir y morir es saber tanto como lo que 
se ignora, e, ignorar tanto como lo que sabe. Y no es igno- 
rancia. Es sabiduría. 

(Amargamente-) 

— Ay, si no fuera nada más que el engaño! 

(Pausa.) 

— La vida y la muerte se engañan como dos amantes. Y, 
de dos amantes que se engañan, uno solo es el amante. Cuando 
decís: hay dos amantes, es porque el amante es sólo uno: el 
engaño. El amor no es engañarse; engañarse es poseerse. Y ni 
siquiera hay posesión; es prostitución. La muerte prostituye... 
(Muestra el niño.) Pero, él . . . él no será prostituido. 


17 



MARTA. — Y el mío? 

ANA. — Tampoco. 

CLARA. — Y el mío? 

ANA. — Tampoco . . . Ninguno, ninguno . . . 

PEDRO. — (Con desesperación.) Pero, ya están perdidos... 
ya están perdidos! 

ELISA. — (Abraza a Pedro, angustiada.) No . . . 

PEDRO. — Fatalmente.) Ya nacieron; ya nacieron! 

ANA. — No! Ahora, sí, ahora, aquí, aquí, pueden ser 
todos el hijo. (Eleva la voz.) Que se desnuden! oísteis? Que se 
desnuden. 

MARTA. — Nacieron desnudos, Ana. 

ANA. — No. Vinieron vestidos de vida, por la muerte. 
Desnudadlos de la vida y de la muerte. Nacer es nacer de esta 
desnudez. En nuestro vientre, encerrados, la muerte los viste. 
Que la muerte se lleve su vientre; y, el hijo será nuestra en- 
traña desnuda. Que no se vista la rosa. Que se desnude el 
azahar. 

CLARA. — Yo digo todas las noches mi plegaria por el 

hijo. 

MARTA. — Todas decimos la nuestra, por él. 

PEDRO. — (A Ana.) Y ... tú? 

ANA. — Sí. (Pausa.) Pero, conocéis la oración? 

ELISA. — Tú la conoces, Ana? 

ANA. — Sí. Yo la conozco; pero no es mía. 

PEDRO. — Entonces, tú no oras. 

ANA. — Es que yo no la digo de noche, para perderla de 
día. Mi oración está desnuda de vida y de muerte. Mi oración 
nace y crece- Muestra el niño.) Mi oración es él. (Recoge el 
niño en su seno.) Dejad que la oración crezca. Dejadlos nacer. 
El mundo vive muerto. Rosa triste, que amanece y anochece . . . 
No! Ellos son el azahar del alba! 

PEDRO. — (Intenta irse, sin consuelo.) 

ANA. — (Lo llama.) Pedro . . . 

PEDRO. — (Se detiene, pero de espaldas a Ana.) 

ANA. — (A Pedro.) Tú no lo crees. (A Marta, Clara y 
Elisa.) Vosotras tampoco? (Pausa; a Pedro.) Sabes quién eres 
tú? 


18 



PEDRO. — (Enfrenta a Ana; poniéndose una mano sobre 
el pecho.) Yo? 

ANA. — (A Pedro.) Tú ... tú eres Pilatos. 

MARTA. — 

ELISA. — 

CLARA. — No . . . 

ANA. — No. Pero, Pilatos también dudó. Pilatos pregun- 
tó: Qué es la verdad?!! 

PEDRO. — Preguntamos para saber. 

ANA. — Sabemos algo antes de preguntar? O no sabemos 
nada antes de preguntar? 

MARTA. — Dudamos. 

ELISA. — Sí; dudamos. 

ANA. — Dudáis de lo que sabéis. Preguntáis sobre lo que 
dudáis. Qué respuesta queréis que os den? 

CLARA. — Jesús no le contestó a Pilatos. 

PEDRO. — Jesús no dijo nada. 

MARTA. — Jesús ocultó algo? 

ANA. — Esto creéis. 

ELISA. — ¿Qué creemos? 

ANA. — Que callar es ocultar. Por eso, preguntáis. Y 
para convenceros de que no os ocultan nada, no tenéis que 
preguntar. Las preguntas están contestadas antes de que ven- 
gáis al mundo. Si preguntáis, es porque habéis olvidado las 
contestaciones. Y a los que las olvidan, los castigan o los 
matan . . . 

PEDRO. — Pero, Jesús habla . . . 

ANA. — Sí. Pero, no con la misma palabra del que con- 
testa. Cuál es la pregunta mayor que puede hacerse? Porque 
las preguntas tienen un límite. Y no es el que se dan las pre- 
guntas. Es el que le dan las respuestas. Ninguno puede pre- 
guntar más de lo que se debe. No hay ningún derecho para 
preguntar, más de lo que se debe. No hay ningún derecho 
para preguntar, más de lo que debe preguntarse. ''Esto se lla- 
ma el deber. Decid, pues, cuál es la pregunta mayor que 
debe hacerse? 

MARTA. — Lar que hizo Pilatos. 

ELISA. — “Qué es la verdad?” 

ANA. — Jesús no contesta, ni oculta. Hace el silencio. 


19 



Y, este silencio, que no es callar como los cobardes, quiere 
decir que la mayor de las preguntas es la menos verdadera; 
es la que menos puede darnos la verdad; es la que dice que, 
si la verdad tiene que ser la respuesta, la verdad es el engaño. 
Decid la verdad; y os engañaréis . . . (Muestra el niño.) £1 
también hace el silencio. No le preguntéis, que no os contestará. 

PEDRO. — No puede romperse ese silencio? 

ANA. — Sabéis lo que es el diamante? 

MARTA. — Sí . . . 

ANA. — Es más. 

ELISA. — Más aún? 

ANA. — Quién hace el diamante? 

CLARA. — Un orfebre. 

ANA. — Quién hace la luz? 

PEDRO. — Quién hace la luz? 

MARTA. — Quién hace la luz? 

CLARA. - 

MARTA. - 

ELISA. — 

PEDRO. — ( Miran a Ana, esperando la respuesta.) 

ANA. — Ese silencio no puede romperse. Se vive roto o 
se vive entero. El que vive roto, nació roto; el que vive en- 
tero, nació entero. 

MARTA. — Se puede nacer roto? 

ANA. — ( Lentamente va hacia la cuna ; toma al niño por 
el cuello y por los pies; simula que puede romperlo sobre 
una de las barandas; y lo dejfi caer, suavemente, en ella.) 

PEDRO. — 

MARTA. — 

ELISA. — 

CLARA. — (Corren hacia la cuna; miran el niño; vuél- 
veme hacia Ana.) 

ANA. — Visteis? No soy yo, ni sois, tampoco, vosotras, 
las madres que, luego de partir al hijo, en dos pedazos, en 
vida y muerte, lo echamos aquí. No. El hijo ya va roto. 

PEDRO. — Quién lo rompe. 

ANA. — El vientre. 

MARTA. — El vientre? 

ANA. — (Eleva la voz.) Y no es ni siquiera, el hijo. Es el 


20 



vientre roto! Y lo que se rompe, se corrompe. El mundo es 
la corrupción de su vientre. Pilatos no pudo romper el si- 
lencio de Jesús. Tampoco el tirano rompe al hombre. La 
rosa se abre. El azahar se cierra . . . 

ELISA. — Jesús estaba frente a Pilatos. 

ANA. — No lo vió. 

ELISA. — No lo vió? 

ANA. — No lo oyó. 

PEDRO. — No lo oyó? 

ANA. — No lo tocó. 

MARTA. — No lo tocó? 

ANA. — No ... La fe no está nunca frente a la verdad. 
Están frente a frente, los engañados por la verdad. 

PEDRO. — De quién son nuestros sentidos? 

ANA. — De la fe. Es la fe, la que tiene ese cuerpo in- 
creíble, incomparable . . . No es la rosa muriente. Es el azahar 
creciente. 

ELISA. — Pero, Pilatos se lavó las manos. 

ANA. — Por eso, es Pilatos. No, antes. Nadie se lava, 
lavándose las manos. (Toma el niño y lo vuelve a su pecho.) 
Padre Pilatos, Padre Pilatos, cómo haces para que sigan 
creyendo en ti, con lavarte solamente las manos? 

MARTA. — No alcanza con lavarse las manos? 

ANA. — Nadie pierde más, que aquel que alcanza. Por- 
que alcanza siempre lo alcanzado; y, está perdido siempre. 

PEDRO. — Qué más pudo hacer Pilatos? 

ANA. — Lo que tenía que lavarse Pilatofc "no estaba so- 
lamente en sus manos. Estaba, también, en sus ojos. Estaba, 
también, en sus oídos. Estaba, también, en su boca. Estaba 
en todo su cuerpo. Todo el cuerpo de Pilatos estaba man- 
chado. Todo Pilatos tenía por cuerpo, esa mancha. Ay de 
aquellos que se lavan, después de mancharse con la pregunta 
de la verdad! Ay de los lavadores de la duda que enturbian 
el agua con las manos de Pilatos, cuando únicamente son 
limpios aquellos que nacen en su Jordán. Preguntad y os 
mancharéis . . . Lavaos y os volverá la mancha . . . Yo no quie- 
ro ser la madre de un hijo de Pilatos; yo no quiero ser la 
madre de un hijo lavado; yo no quiero ser la mancha de 
mi hijo. 


21 



MARTA. — Y qué será tu hijo? 

ELISA. — Un rey? 

ANA. — No. Los reyes no tienen reino. 

CLARA. — Sí, sí, sí . . . Lo tienen. 

ANA. — No. los reyes se comparan a los reyes. Y, pier- 
den el reino. Mi hijo será su reino. 

PEDRO. — Imposible. 

ANA. — Lo imposible es lo posible. Yo hablo de lo in- 
creíble, de lo incomparable. (Ofrece el niño.) Tomadlo . . . 
Tomadlo. . . ! 

PEDRO. — 

MARTA. — 

ELISA. — 

CLARA. — (Retroceden, temerosamente .) 

ANA. — Yo sé que no huís de él. Huís de vosotras mis- 
mas. Tened valor, madrecitas. 

MARTA. — (Se desprende lentamente del grupo: avanza 
hacia Ana; al llegar casi frente a ella, oye un grito.) 

ELISA. — (La detiene.) No, Marta . . . No. 

MARTA. — (Cae como herida por el grito de Elisa: 
quedando ante Ana, arrodillada.) 

ANA. — (Le ofrece el niño.) Tómalo . . . 

MARI A. — (Se cubre el rostro con las manos.) 

ANA. — (Repite el ofrecimiento.) Tómalo. 

MARTA. — (Toma el niño; lo mira; clama.) Es un ni- 
ño... Es un niño... (Alegremente.) Es un niño... (Se lo 
ofrece a Elisa.) Tómalo. . . Tómalo. . . 

ELISA. — (Se acerca a Marta; se cubre el rostro con las 
manos; luego, toma el niño; lo mira.) Sí . . . Es un niño. Y 
tiene los mismos ojitos. (Se lo ofrece a Clara.) Tómalo..- 
Tómalo . . . 

CLARA. — (Lo toma; lo mira.) Tiene la misma frente. 

ELISA. — La misma boca. 

MARTA. — Las mismas manos. 

PEDRO. — Tiene el mismo cuerpecito que los demás 
niños. 

ANA. — Sí, sí, sí . . . 

PEDRO. — Entonces, dónde está el reino? 

ANA. — (A Pedro.) No viste el reino? 


22 



PEDRO. — No. 

ANA. — No viste el niño, entonces? Acaso porque es 
un niño como los otros, -no es un reino? Acaso los otros niños 
no lo son por su reino? ( Eleva la voz.) Devolvédmelo . . . De- 
volvédmelo. 

CLARA. — (Pone el niño en brazos de Ana.) 

ANA. — (Toma el niño ; lo lleva a su seno.) 

PEDRO. — 

MARTA. — 

ELISA. — 

CLARA. — (Quedan indecisos frente a Ana.) 

ANA. — Qué queréis? Yo no os he quitado nada. Id . . . 
Y reclamad vuestro reino . . . 

PEDRO. - 

MARTA. — 

ELISA. — 

CLARA. — (Vanse como sombras.) 

IX 

ANA. — (Al niño, estremeciéndole .) No duermas... 
Despierta, amor mío. Yo no soy tu canción de cuna. Yo no 
soy tu madre. Me harás tu madre. Todos te mirarán. Nin- 
guno te verá? Se preguntarán: “quién es este que tiene nues- 
tros mismos ojos, nuestra misma frente, nuestras mismas ma- 
nos, nuestro mismo cuerpo y, no se parece a nosotros? Y tú 
cantarás incomparablemente: 

(Se hace la oscuridad.) 

LA VOZ DEL POETA. — 

A mí no me conoces, 

mirándome los ojos; 

a mí no me conoces, , ^ 

mirándome las manos; 

a mí no me conoces, 

mirándome la boca; 

a mí no me conoces, < 

mirándome la cara. 


23 



— Si para conocerme 
me miras en los ojos, 
y crees que son más verdes 
o azules que los otros, 
que entre sus iris yermos, 
al fin, se tornasolan, 
aunque estás en lo cierto, 
aunque estás en lo cierto, 
a mí no me conoces . . . 

Si para conocerme, 
me miras en las manos, 
y, crees que son más blancas 
u oscuras que las otras, 
de un mar lleno de conchas 
o un monte de palomas, 
aunque estés en lo cierto, 
aunque estés en lo cierto, 
a mí no me conoces. 

Si para conocerme, 
me miras en la boca 
y crees que es más alegre 
o triste que las otras, 
granando el nombre rojo 
que tienen los ausentes, 
aunque estés en lo cierto, 

aunque estés en } lo cierto, 

a mí no me conoces. 

Si para conocerme 
me miras en la cara 
y crees que es una estrella, 
lo mismo que las otras, 
que, sin tener oriente, 
morosamente asoma, 
aunque estés en lo cierto, 

aunque estés en lo cierto, 

a mí no me conoces. 



Nací sobre la tierra 
y soy hijo del cielo; 
de luz, de luz, los ojos; 
de luz, de luz, las manos; 
de luz, de luz, la boca; 
de luz, de luz, la cara; 
de luz, de luz, el cuerpo, 
la nunca vista aurora . . . 
la nunca vista aurora! 

XI 

(Se hace una mediana claridad.) 

DAMIAN. — (Viene rápidamente; le quita el niño a 
Ana; lo pone en la cuna.) 

ANA. — No, Damián, no. (Señala la cuna.) Allí, no . . . 
Solo y frío, como el hijo de las fieras. (Intenta sacarlo de la 
cuna ) 

DAMIAN. — (Se lo impide.) Míralo. Duerme. Sueña. Es 
feliz. Quién fuera él! 

ANA. — (Cae de rodillas, junto a la cuna.) Juan . . . 

DAMIAN. — (Toma a Ana por los brazos y la lleva casi 
arrastrándola.) 

ANA. — (Vuelve su rostro al niño.) No duermas. Des- 
pierta, amor mío. 

(En la oscuridad.) 


XII 

UNA VOZ DE MADRE. - ( Angustiada .) 

Si te pido la rosa, 
no te pido una rosa; 
si te pido la rosa, 
no me des una rosa; 
si la rosa es la rosa, 
solamente una rosa, 
no te pido la rosa. 


25 



no me des una rosa . . . 

(Pausa.) 

ay? quién sabe su nombre 
cuando es toda la flor? 

CORO DE MADRES. — (Meciendo las cunas de sus hijos.) 
Duerme, duerme, duerme . . . 

(Por algunos instantes, se escucha el vaivén de las cunas.) 
CORO DE MADRES. - 

Duerme, duerme, duerme . . . 

UNA VOZ DE MADRE. — (Angustiada.) 

Si te pido la estrella 
no te pido una estrella; 
si te pido la estrella, 
no me des una estrella; 
si la estrella es la estrella, 
solamente una estrella; 
no te pido una estrella, 
no me des una estrella; 
ay! quién sabe su nombre, 
cuando es toda la luz? 

CORO DE MADRES. — (Meciendo las cunas de sus hijos.) 
Duerme, duerme, duerme . . . 

(Por algunos instantes, se escucha el vaivén de las cunas.) 
CORO DE MADRES. — 

Duerme, duerme, duerme . . . 

(Sigue escuchándose el vaivén de las cunas.) 

XIII 

LA MUERTE. — (Entra levemente; mece la cuna del 
niño.) 

(En oscuridad , lentamente, mientras se pierde el rumor de 
las cunas.) 


26 



Balada de la sangre 


J 


( Mediana claridad.) 

(Donde hubo una curia, hay un lecho.) 

LA MUERTE. — (Llega; se dirige al lecho; lo tiende 
con preocupación materna; lo señala, ya pronto, una vez.) 

Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 

(Pausa.) 

El reino está perdido; 
sin luz, ha muerto el reino. 

(Pausa.) 

Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 

(Pausa.) 

La luz era su reina, 
la aurora de su cielo, 
el alba que los guía, 
la sangre de sus venas . . . 

(Pausa.) 

Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 

(Pausa.) 


27 



La reina ciega busca 
sus azahares vivos; 
mi noche no es de estrellas, 
estrellas son espinas; 
y, a la reina perdida, 
mis estrellas la hieren . . . 
(Pausa.) 

La sangre de la tierra, 
la sangre de la tierra 
es de esta reina herida . . . 

(Pausa.) 

Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 
(Pausa.) 

Yo entro en cada casa, 
y, en cada casa, dejo, 
un soñador, esclavo; 
un rey de vida, muerto. 

(Pausa.) 

Amor, ya están dormidos, 
tus esposos eternos, 
los hijos de la tierra, 
nacidos en el cielo. 

(Pausa.) 

Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 
(Pausa.) 

No hay luz, ni amor, ni reino . 

(Pausa.) 

Soy la noche estrellada, 
hecha por mis esclavos 
y por mis reyes muertos. 

Los que sueñan conmigo, 
mueren en sus estrellas, 
por cada alba herida, 
por cada aurora ciega. 

(Pausa.) 



Soñad, esclavos míos! 

(Pausa.) 

Dormid, mis reyes muertos! 

(Se aleja, rápidamente.) 

II 

JUAN. — (Entra; mira el lecho, deshace en él, lo que 
preparó la Muerte.) 


III 

ANA. — (Como si hubiera seguidoa Juan; llega, lo besa.) 
Hasta mañana, Juan. 

JUAN. — No. (La detiene ; la sienta al borde del lecho.) 
Tú viste florecer? 

ANA. — Florecer? (Olvidada.) Florecer... Hace tanto 
tiempo, hijo mío. Yo era niña. Mi jardín se durmió. Brotó una 
planta, con muchas hojas grandes, verdes, frías. Puse mi mano 
dentro de ellas. Dónde estaría la flor? Y mi mano hacía más 
hojas grandes, verdes, frías. Siempre más hojas grandes, verdes, 
frías. Saqué mi mano, porque se helaba mi sangre. Entonces 
vino el hada. Y me dijo: tú también sueñas? Quédate conmi- 
go. Ves? Todas estas niñas sueñan . . . 

JUAN. — Y tú? 

ANA. — Huí . . . Había visto que todas las primaveras 
pasaban; y, que el jardín nunca florecía. Había visto que pri- 
maveras hay una sola, y, no es la primavera; es la esperanza de 
los jardines muertos. 

JUAN. — La esperanza no vive. La esperanza no vive, 
porque vuelve. Yo no soy tu esperanza. Un hijo es siempre de 
la otra madre. Tú no viste florecer. 

ANA. — (Recuerda algo y pregunta.) Y la rosa? 

JUAN. — La rosa está vestida. Cuándo nace viva? La rosa 
tiene la carne caliente. La calienta la muerte . . . Éa carne es 
siempre fría. La rosa caliente, vestida de carne, marchita. 
Mientras suena, es la rosa. Pero, nunca es la flor. La sangre 
desnuda, de vida y de muerte, florece, sin rosa que sueñe, sin 
la rosa yerta. 


29 



ANA. — (Se levanta.) Desnudarse? 

JUAN. — Sí. 

ANA. — Por qué? 

JUAN. — Porque entre Ja planta y la primavera hay un 
desierto. La primavera de flores. Pero el que florece es el 
desierto. 

ANA. — El desierto? 

JUAN. — La sangre no es la rosa del cuerpo. A la rosa, 
la muerte la viste y la desviste, de primavera. La muerte es 
la primavera de los amantes. 

ANA. — (Recordando.) Cuando éramos jóvenes, arrancá- 
bamos las rosas calientes; las poníamos en nuestros senos; nues- 
tros senos se enfriaban, y, las rosas caían despojadas de su 
carne primaveral. Y, de noche, no podíamos dormir. Tenía- 
mos en el cuerpo el frío de las rosas muertas. 

JUAN. — La sangre desnuda al cuerpo de su rosa mor- 
tal. Florece en la desnudez de su amor; en la desnudez del 
amor, que no se ve desnudo, porque se ve el amor. 

ANA. — (Recuerda aún.) Cuál es esa flor? 

JUAN. — No es flor. Es florecimiento. 

ANA. — No tiene nombre de flor? No tiene un nombre 
de flor, como la rosa? 

JUAN. — No. Porque lo que primero se corrompe son 
los nombres. Cada nombre es un aroma y cada aroma se co- 
rrompe en la flor marchita. Las flores que tienen nombre ya 
marchitaron. 

ANA. — No hay ningupa flor pura? 

JUAN. — Para florecer, no hay más que el florecimiento. 
El florecimiento es la única flor. 

ANA. — Para todo el florecer? 

JUAN. — Para el eterno florecer. 

ANA. — (Ansiosamente.) Dímela. 

JUAN. — El azahar. 

ANA. — (Recuerda todavía, dudando.) Sí. Pero, el azahar 
es una flor? 

JUAN. — El azahar es el amor. 

ANA. — ( Desencantada .) La rosa no tiene cuerpo? . . . 

JUAN. — El cuerpo es nuestro azahar. 


30 



ANA — (Se sienta al borde del lecho» baja la frente y 
queda silenciosa .) 

JUAN. — (Se acerca a Ana, se hinca ante ella.) 

ANA. — (Se cubre el rostro con les manos.) 

JUAN. — (Le aparta las manos.) Madre . . . 

ANA. — (Reanimada.) Perdóname, hijo mío. 

JUAN. — (La levanta.) 

ANA. — (Lo mira fijamente.) Quería preguntarte. Pero, 
no, no, no . . . 

JUAN. — (La abraza con ternura.) Sí; pregúntame... 

ANA. — (Liberándose dulcemente del abrazo de Juan.) 
La flor es virgen? 

JUAN. — (Reconfortándola.) Sí, madre, sí . . . La flor es 
virgen, si antes de serlo, no entrega su azahar; sino deja de 
ser virgen, antes de ser flor; si es virgen, no por la flor, sino 
por el azahar. Porque si no la flor es un pecado. 

ANA. — (Anhelante.) El azahar no puede pecar? 

JUAN. — El azahar es inviolable. 

ANA. — (Decididamente.) Juan: yo no quiero que me di- 
gas; yo no quiero que me expliques; yo no quiero saber. Yo 
quiero ver la luz. 

JUAN. — Sí, madre, sí. La flor es virgen; pero el azahar 
es inviolable. La flor tiene un secreto; pero el azahar es el 
misterio. El secreto puede corromperse; pero el azahar es in- 
corruptible. La flor muere; pero el azahar fructifica. La flor 
es de perdición; pero el azahar santifica. Y yo quiero santi- 
ficarte. 

ANA. — Hijo mío . . . 

JUAN. — Te dije: entre la planta y la primavera hay un 
desierto; la primavera da flores; pero el que florece es ei 
desierto. Y te digo, también: entre tú y yo, hay una entraña 
desnuda; tú pudiste dar la flor; pero, la entraña desnuda flo- 
rece tu azahar. Hay muertos en su propia sangre, y, enterra- 
dos en su cuerpo . . . Hay vivos que desnudan su sangre, y 
el cuerpo es su entraña. Hay una vida que muere! de flor; y 
hay una vida que vive de azahar. Yo soy tu azahar. Nunca te 
entregaré . . .! 


31 




El canto y el camino 


PEDRO. — (Llega con premura y desconsuelo.) Juan... 
Viste a Tomás? 

JUAN. — (No responde.) 

ANA. — (Anima a Pedro.) Yo lo vi, yo lo vi. Esta mañana 
estaba arando. 

PEDRO. — (Aún indeciso.) No ha vuelto. 

ANA. — Volverá . . . 

JUAN. — (Firmemente.) No volverá! 

ANA. — (/miste aunque sin convicción.) Sí. Volverá. 
JUAN. — (Como si fuera su última palabra.) No . . . 
PEDRO. — Te lo dijo él? 

JUAN. - No . . . 

ANA. — Cómo lo sabes? 

JUAN. - No lo sé. 

PEDRO. — Y, si no lo sabes, por qué lo afirmas? 

JUAN. — Porque hay uno que está en todos. 

ANA. — Dónde está el que lo sabe? 

JUAN. — Uno no está donde se sabe. 

PEDRO. — Tú conoces el camino? 

JUAN. — Vosotros sabéis que todo vuelve, por el cami- 
no. Conocéis el camino de lo que vuelve. Pero, Tomás no 
tiene camino. Y, si vuelve, lo conoceréis? Y, esto <ps volver? 
Cuando el Señor venía, no se dijo: “aparejad la vereda”? 
Porque a quien ibáis a conocer era el Señor. 

PEDRO. — Entonces, por dónde volverá Tomás? 

JUAN. — Por un canto, no por un camino. Nosotros 
somos el canto; vosotros, el camino. 


33 



PEDRO. — (Se sienta al borde del lecho.) 

ANA. — (Mira a Pedro.) 

JUAN. — (Por un breve instante, va y vuelve sobre sus 
pasos.) 

PEDRO. — ( Tristemente , decide hablar.) Cuando To- 
más era pequeño . . . 

JUAN. — (Interrumpe abruptamente.) Niño . . . Niño . . . 
Los pequeños y los grandes son vuestros. Los niños, no. 

PEDRO. — (Continúa después de sufrir las palabras de 
Juan.) Tomás se quedaba siempre solo en el campo. 

JUAN. — Sólo en el campo? El campo está solo? Habéis 
visto los árboles? 

ANA. — Siempre los vemos. 

JUAN. — O ellos se ven? 

PEDRO. — Qué tienen los árboles? 

JUAN. — Los árboles son los árboles. Uno está solo... 
Otro está solo . . . Siempre están solos. Un bosque, un bos- 
que inmenso, está lleno de árboles solos. 

ANA. — No están todos juntos? 

JUAN. — Juntos podrían hacer el bosque? Sabéis lo que 
hace falta? 

ANA. — 

PEDRO. — (Callan; esperan la respuesta.) 

JUAN. — Hace falta un bosque de hombres; un bosque 
de hombres solos; un bosque de hombres creadores, como un 
bosque inmenso de árboles. Los que son hombres, son como 
los árboles; los que son hombres, están esperando el bosque. 

PEDRO. — Esta mañaña Tomás salió al campo, cantan- 
do. Yo fui por el camino a preguntar por él. Me dijeron: 
vimos ir, no sabemos dónde, a uno que no se parece a nadie, 
cantando. 

ANA. — Sería él? 

PEDRO. — Nadie lo sabe. 

ANA. — Qué cantaba? Porque, cuando se canta, se oye: 
y se sabe lo qué es. 

PEDRO. — Unicamente me dijeron: hay uno que canta. 
Yo no lo escuché. Pero, dijeron: hay un canto, hay un can- 
to .. . Algunos se aterran; otros, se alegran. Yo lo seguí hacia 
donde iba. Y, cada vez, me perdía más yo mismo. 


34 



ANA. — Pero, el que canta es uno solo? 

JUAN. — No. Es un coro ... El bosque . . . Los que se 
van quedando solos, lo cantan. Ya falta poco para que se 
queden cada vez más solos, y, canten el coro y el coro sea 
su canto. 

PEDRO. — Quienes lo cantan? 

JUAN. — Los esclavos. 

ANA. — ¿Por qué? 

JUAN. — Porque se libertan. 

PEDRO. — Y cómo es el canto? 

JUAN.— 

Sin dueños . . . 

(Pausa.) 

sin salarios . . . 

(Pausa.) 

sin espías . . . 

(Pausa.) 

sin traidores . . . 

(Pausa.) 

El hombre no necesita propietarios para vivir . . . 
ANA. — Nadie podrá hacer callar ese canto? 

JUAN. — Nadie... 

PEDRO. — Por qué? 

JUAN. — Porqu,e es la victoria. 

PEDRO. — Nosotros siempre somos los vencidos? 

JUAN. — Sí. Pero, no por nuestro canto. Vosotros os 
vencéis los unos a los otros. Hoy ganáis la batalla; y, maña- 
na, perdéis. Tenéis sabios que saben dar las batallas, ga- 
nándolas, hoy, y, perdiéndolas, mañana. Siempre batalláis . . . 
Cuándo vencéis? Cuando sois vencedores, decís; no; cuando 
sois vencidos, decís sí? Qué afirmáis? 

ANA. — Cuántos sois vosotros? 

JUAN. — Se cuentan los muertos, porque son los vivos 
que van a morir. ,, 

PEDRO'. — Vosotros hacéis resucitar a los muertos? 
JUAN. — No. 

ANA. — No hay resurección? 

JUAN. — Aquel que no quiere morir, nace . . . 


35 




Los niños perdidos 


I 


(Se hace la oscuridad.) 

PEDRO. — Tomás nunca quería dormir. 

ANA. — (Recuerda.) Yo sabía qué es lo que ven los 
hijos, y, no los deja dormir. Me olvidé? Cuando las madres 
les cantamos en la cuna, no es para que se duerman. 

PEDRO. — Para que les cantáis? 

JUAN. — Para que sueñen. 

PEDRO. — Y no queréis soñar? Soñar no es mejor que 
vivir? 

JUAN. — Si hacéis de vivir el morir; es mejor soñar. 
Pero, entonces, soñar no es de la vida; es de la muerte. 

ANA. — Qué qüeréis ser? 

JUAN. — Niños . . . 

PEDRO. — Cuando llegaba la noche y estaba en la cuna, 
Tomás decía: 

(Ya oscuro.) 

LA VOZ DE TOMAS. - (Niño.) Madre . . . 

LA VOZ CLARA. — Duerme, hijito, duerme. 

(Se escucha el vaivén de la cuna.) 

LA VOZ DE TOMAS. — Madre . . . Escucha . . . 

(Se escucha el vaivén de la cuna.) 

LA VOZ DE TOMAS. — Me escuchas, mádre? 

LA VOZ DE CLARA. — Duerme, hijito. Todo lo que 
vas a decirme, ya lo sé. 

LA VOZ DE TOMAS. — No . . . No . . . 


37 



(Se escucha el vaivén de la cuna.) 

LA VOZ DE TOMAS. — No me duermas . . . Los niños 
no se duermen con el sueño de las madres? 

LA VOZ DE CLARA. — Qué quieres decirme? 

LA VOZ DE TOMAS. — "lodos los días, al salir el sol, 
la tierra y el cielo se separan. Todos los días, al ponerse el 
sol, la tierra y el cielo se juntan. Tú lo viste? 

LA VOZ DE CLARA. — No. 

LA VOZ DE TOMAS. — Nunca? 

LA VOZ DE CLARA. — No . . . Duerme, hijito . . . 

LA VOZ DE TOMAS. — De día, el sol los separa para 
juntarlos; de noche, el sol los junta para separarlos. 

LA VOZ DE CLARA. — Tú crees que la tierra y el cielo 
tienen que estar siempre juntos? 

LA VOZ DE TOMAS. — No. Pero, todo es así. 

LA VOZ DE CLARA. - (Duda.) Así? Cómo? 

LA VOZ DE TOMAS. — Así. Porque, también, al salir 
el sol, el día y la noche se separan. Y, al ponerse el k>l, el 
día y la noche se juntan. 

LA VOZ DE CLARA. — Y tú, qué quieres saber? 

LA VOZ DE TOMAS. — Quiero saber si es el sol el que 
todo lo separa para juntarlo y todo lo junta para separarlo. 

LA VOZ DE CLARA. — Calla, Tomás . . . 

LA VOZ DE TOMAS. — Esto no parece también vivir 
y morir y morir y vivir? 

LA VOZ DE CLARA. — Para qué quieres saberlo? 

LA VOZ DE TOMAS. — Porque debe haber una luz . . . 

LA VOZ DE CLARA. — Una luz? 

LA VOZ DE TOMAS. >— La luz, la luz . . . 

LA VOZ DE CLARA. — Dónde está? 

LA VOZ DE TOMAS. — No la tendrás tú, madre? 

LA VOZ DE CLARA. — Yo? 

LAVOZ DE TOMAS. - La perdiste? 

LA VOZ DE CLARA. — No . . . No . . . 

( Reprime un sollozo ; se oyen sus pasos leves, abando- 
nando a Tomás.) 

LA VOZ DE TOMAS. - Estás llorando? 

LA VOZ DE CLARA. — (Alejada.) No . . . 

LA VOZ DE TOMAS. — Me traerás la luz? 


38 



LA VOZ DE CLARA. — (Ardiente, triste y mojada en 
lágrimas, despidiéndose.) Sí . . . 

(Se escucha el vaivén de la cuna: y se hace la mediana 
claridad.) 

JUAN. — La tierra está a oscuras. También ella es so- 
lamente el vientre de la madre de los niños perdidos. 

ANA. — No, Juan. La tierra tiene el día y la noche. 

JUAN. — El sol nace en el cielo, la rosa del día. Cuando 
véis la rosa del día, en el cielo, desde la tierra a oscuras, 
gritáis: “amanece, amanece, amanece”. 

(Se escucha un son matutino de campanas.) 

JUAN. — “Oid, oid . . . Amanece, amanece”. 

ANA. — (Alegre.) Cantan las campanas... 

JUAN. — Con qué boca? 

PEDRO. — Las campanas tienen boca? 

JUAN. — Las campanas golpean la noche que queda 
dentro de ellas. La luz canta con la boca del cielo. Y, cuando 
véis salir la rosa del día, desde la tierra a oscuras, os entre- 
gáis al sol para que siga haciendo las rosas. 

PEDRO. — Su madre fue, casa por casa, buscando a su 
niño. Gritaba: “dadme, mi niño; dadme mi niño”. De jardín 
en jardín, de rosal en rosal, arrancaba las rosas, hiriéndose 
en las espinas, y, clamando: “mi sangre, mi sangre, mi san- 
gre . 

JUAN. — Su Amor! 

ANA. — Su amor es su niño? 

PEDRO. — Nuestro amor es nuestro niño? 

JUAN. — El sol hace, todos los días, su rosa, en la tierra 
a oscuras. El sol es el amante de la tierra; y su lecho es la 
tiniebla. Allí, la engaña para poseerla. Todos los días, le 
deja su rosa, como promesa de todas las noches. Vosotros, 
que ya no véis con los ojos de los niños sino con la mirada 
entre sus párpados, os despertáis con la rosa de todos los días 
y las promesas del sol; y, vivís el sueño perdido de todas 
las noches. Y clamáis: “es el alba, es el alba”. es el rosal 
de la muerte! Nosotros no somos los hijos de la rosa. Somos 
el azahar de la tierra . . . 


39 




El buey profeta 


I 

TOMAS. — (Viene tranquilo , con cierta alegría.) 

PEDRO. — Dónde estabas? 

ANA. — Dónde estabas? 

TOMAS. — (Con calma.) Con el buey. 

PEDRO. — Con el buey? 

JUAN. — Ya lo dijo. Por qué seguís siempre pregun- 
tando cuándo es lo más sencillo? 

PEDRO. - — Por qué estabas con el buey? 

JUAN. — Vosotros estuvisteis tantos años junto a él, y, 
nunca estuvisteis con él. 

TOMAS. — (Como lo más verosímil.) El buen me dijo . . . 

PEDRO. — Las bestias hablan? 

JUAN. — Nosotros, qué decimos? 

TOMAS. — Las bestias hablan. Las que no hablan son 
las fieras. No se les oye ni siquiera el paso en la maleza. Ni 
rugen delante de la presa. O no sabéis como son los tiranos? 

PEDRO. — Acaso os habéis entendido tú y él? 

JUAN. — Es que los hombres tendremos que entender- 
nos, por fin, con las bestias. 

PEDRO. — (A Tomás.) Qué te dijo, pues, el buey? 

TOMAS. — Cuando llegamos al establo, 1 ' me dijo: Tú 
y yo, nos ponemos y nos sacamos el yugo, todos los días. Si 
te quitas tú, el tuyo, caerán todos los yugos. No habrá más 
yugos para los días, ni tampoco más días para los yugos. Quí- 
tate los días, Tomás, y, te quitarás los yugos. 


41 



ANA. — (A Juan.) A ti nunca te dijo nada el buey? 

JUAN. — Lo sentí . . . Como Tomás. 

ANA. — Lo sentiste? 

JUAN. — Cómo sabría, entonces, lo que me dijo? 

ANA. — Sintiendo se entiende? 

JUAN. — Sentir es entender. Qué quiere decir: “tienen 
ojos y no ven; tienen oídos y no oyen”? Solamente para ver 
y oir? O para entender? 

ANA. — Y qué entendiste? 

JUAN. — Lo que es arar. 

ANA. — Tú no sabías lo qu¿ es arar? Cómo aras, enton- 
ces? 

JUAN. — Porque hacer es aprender a rehacer. 

ANA. — Arar se ara todos los días. 

JUAN. — Pero, no es arar. Es rehacer los días. Los días 
los rehacemos arando. 

PEDRO. — No hacemos la tierra? 

TOMAS. — No. La tierra tiene luz. 

PEDRO. — No. No. La tierra es oscura. 

TOMAS. — Porque la oscurecemos. 

JUAN. — Arar . . . arar . . . ar2r es dar vuelta, siempre, 
la misma tierra. Enterrarla para desenterrarla, todos los días. 
Rehacéis la noche de la tierra. Nunca véis su luz. 

TOMAS. — Somos sus sepultureros. 

JUAN. — Somos más que sus muertos. 

TOMAS. — Los que no terminan de hacer su sepultura. 

JUAN. — Porque esto lo hacemos con nuestra sangre; 
no, con la tierra. Hacemos y deshacemos los terrones duros 
y secos de nuestra sangre. No somos la sangre de la tierra. 

TOMAS. — La llamáis “madre tierra” y le matáis los 
hijos. 

JUAN. — El hombre es su hijo; el hombre es hombre, 
si la tierra es libre. 

TOMAS. — El buey me dijo: Tomás, a cada paso que 
yo doy, delante de ti, yo levanto la tierra, y, tú la hundes, 
y, a cada paso que damos, más nos hundimos, tú y yo. Deja 
que la levante, Tomás. No la hundas más. No hundamos 
más la tierra, tú y yo . . . Levantémosla. Dejemos que se le- 
vante la tierra en luz. 


42 



VOZ DE HOMBRE. — (Llama desde afuera.) Juan . . . 
Tomás . . . 

JUAN. - 

TOMAS. — (Acuden hacia el lugar de donde ha partido 
la voz.) 

PEDRO. - 

ANA. — (Llama.) Juan . . .! 

PEDRO. — (Llama.) Tomás . . .! 

ANA. — (Se aleja la voz.) Juan . . .! 

PEDRO. — (Se aleja la voz.) Tomás . . .! 

(Se hace inmediatamente la oscuridad.) 


43 




Los bienaventurados 


( Bastante claro.) 

(En medio , una tarima; sobre ella , una mesa.) 

JUEZ. — (Entra; trae un crucifijo en una mano' y un 
libro en la otra; se sienta; coloca el crucifijo a su derecha: y 
el libro a su izquierda.) 

PABLO. — 

TOMAS. — 

JUAN. — (Han seguido al Juez; se ponen frente a él; 
Pablo en el centro.) .... 

JUEZ. — Sabéis por qué estáis aquí? 

PABLO. — No. 

TOMAS. — Si lo preguntáis es porque lo sabéis. 

JUAN. — Queréis que contestemos lo que ya sabéis, 
preguntando. 

JUEZ. — Pablo: te acusan de haber robado un pan. 

TOMAS. — Niega, Pablo, niega . . . 

PABLO. — No. Porque negar sería negar que no puedo 
confesar; no que no he robado. 

JUAN. — Vas a afirmar, entonces? 

PABLO. — No. Porque afirmar sería que puedo confe- 
sar, no que he robado. Y no puedo negar ni afirmar. Negar 
y afirmar es lo mismo; negar y afirmar son una actntradicción 
íecíproca. Lo que el Juez quiere es que yo conteste: “sí” o 
‘no”; no que confiese, porque no se puede confesar, negando 
o afirmando. 

JUEZ. — Queréis que no haya ninguna posibilidad? 

PABLO. — De negar y de afirmar, sí; de confesar, no. 


45 



JUAN. — La posibilidad es la misma, en negar y en 
afirmar. 

TOMAS. — Lo posible es su contradicción. 

PABLO. — Y es, también, lo que puede creerse al mismo 
tiempo. El “no”, al mismo tiempo, que “sí”; el mal, al mis- 
mo tiempo que el bien; la muerte, al mismo tiempo que la 
vida. 

JUAN. — Hay una sola posibilidad: la de creer en el 
tiempo, que está después de la contradicción; la de no creer 
en nada. 

TOMAS. — Entonces, Señor Juez, pedís una palabra que 
sea ella misma, y, que aquí • no existe? 

JUEZ. — La ley no discute. (A Pablo, señalando con el 
indice.) A ti te acusan de haber robado un pan. 

PABLO. — Por qué? 

JUEZ. — Cómo, por qué? Te acusan de haber robado 
un pan. Basta! 

PABLO. — Cuando el robo es pequeño el ladrón es 
grande; se le ve; se le condena. Pero, cuando el robo es gran- 
de, el ladrón es pequeño; no se le ve; no se le condena. Qué 
juzgáis? Los robos o los ladrones de nuestra palabra, ya que 
ni siquiera tendríais que juzgarlos? 

TUEZ. — Yo no soy juez del mundo. Sos vuestro juez. 

PABLO. — Y bien: quién me acusa? 

JUEZ. — El dueño. 

JUAN. — El dueño de qué? 

JUEZ. — El dueño del } pan. 

TOMAS. — Por qué es el dueño? 

JUEZ. — Porque si quiere lo vende y s¡ quiere no le 
vende. 

PABLO. — Cuando se es dueño de algo, es porque es 
suyo? 

TOMAS. — El que lo vende, no vende lo suyo. 

JUAN. — El dueño lo robó. 

PABLO. — El es el ladrón. 

JUEZ. — Sólo falta que vosotros digáis que tenéis de- 
recho. 

JUAN. — No tenemos el derecho de ser ladrones, ni el 
deber de ser robados. 


46 



JUEZ. — De dónde esperáis el pan? 

PABLO. — No lo esperamos. Lo tenemos. 

JUEZ. — Si lo robáis? 

JUAN. - No. 

JUEZ. — En dónde? 

TOMAS. — En la oración. 

JUEZ. — Ah, sí! . . . “El pan nuestro de cada día, dás- 
nole hoy ...” 

PABLO. — Si todos los días son de la oración. 

JUAN. — Si todos los días son nuestros. 

TOMAS. — Si la palabra es entera. 

PABLO. — Si rompéis la palabra entera en tantos esla- 
bones como una cadena . . . 

JUAN. — (Señala el crucifijo.) Allí está, allí está . . . 

JUEZ. — (Mira el crucifijo.) 

PABLO. — (Señala el crucifijo.) “Entonces Jesús fue lleva- 
do del Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y 
habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después 
tuvo hambre. Y llegándose a él, el tentador le dijo: Si eres 
Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan. Mas él 
respondiendo, dijo: “No de solo pan vivirá el hombre, mas 
de toda palabra que sale de la boca de Dios ...” 

JUEZ. — Jesús le contestó a Satanás-. 

TOMAS. — (Al Juez.) Jesús hizo lo que Satanás le 
pedía? 

JUEZ. — No. 

TOMAS. — Entonces no le contestó. Es lo que quiere 
hacer el mundo. Cuando nos pide que le contestemos es para 
que hagamos lo que él quiere. 

JUEZ. — Vosotros no hacéis lo que el mundo quiere? 

PABLO. — No. Aunque el mundo sea el poder. Se dice: 
“querer es poder”, pero si es más lo amado que lo querido, 
no hay ningún poder y todo es el amor . . . 

JUAN. — Cuando Satanás le propuso a «Jesús probar 
que era Hijo de Dios, le exigió con esta palabra: Di . . . di . . . 
di . . . que estas piedras se hagan pan. . . Y Jesús no dijo 
esa palabra. 

JUEZ. — Por qué? 

PABLO. — Era fácil entregar la palabra? No es cierto? 


47 



JUEZ. — Sí; muy fácil. 

PABLO. — Pero, lo que es difícil es entregar la fe de la 
palabra. Porque Satanás era la autoridad de la palabra. Y 
Jesús, la fe de la palabra. Siempre que haya palabra, ella 
no es autoridad; es fe. 

JUEZ. — La fe puede perderse. 

TOMAS. — Si se entrega. Pero no se pierde la fe. Se 
pierde el que la entrega. 

JUEZ. — Si Jesús hubiera entregado su fe, todas las 
piedras se hubieran hecho pan. Hay tantos hambrientos . . . 

PABLO. — Por falta de fe o por falta de justicia? 

JUAN. — Pero, así como hay hambrientos de pan, hav 
hartos de pan. Y, no por Jesús. Por el dueño del pan. 

TOMAS. — (Al Juez.) Estáis equivocado, estáis equivo- 
cado. (Señalando el crucifijo.) Ved, cómo sangra... Si Jesús 
hubiera entregado su fe, las piedras no se hubieran hecho i pan. 
No, no, no . . . Esto es lo que se nos dice para que hagamos 
de las piedras, nuestro pan. Como no lo entendéis todavía? 
Si Jesús hubiera entregado su fe para hacer de las piedras, 
pan, este pan se hubiera hecho piedra; cada vez más piedra; 
más piedra dura; más dureza, más dureza de la que puede 
tener una piedra; la dureza de la palabra, la falta de fe, 
por la que el hombre come piedras, y, no pan, todos los días. 
Por eso dijo: “no de sólo pan vivirá el hombre”. 

PABLO. — No dijo: vive el hombre. Dijo “vivirá el 
hombre. 

JUAN. — Porque lo vivido es la muerte. 

TOMAS. — El sabía —nos lo hizo saber — , que ese pan 
nunca sería la fe de la palabra, sino la palabra dura, la 
piedra de todos los días. 

JUEZ. — Pero, por qué no convirtió la piedra en pan? 
Acaso no le hubiera sido fácil haberlo, si era Hijo de Dios? 

PABLO. — Porque para él, para él, que habló coino 
hombre, le hubiera sido fácil convertir la piedra en pan. Lo 
difícil era que se lo creyeran. 

JUAN. — Para él, sí, hubiera sido fácil convertir la pie- 
dra en pan; lo difícil es convertir a los hombres sin fe en 
criaturas de amor. 

TOMAS. — Y porque nunca le habrían creído, le hu- 


48 



hieran exigido, todos los días, la misma prueba: “Si eres Hijo 
de Dios, di, que estas piedras se conviertan en pan”. 

PABLO. — Se le hubiera dado por trabajo lo que es la 
oración. 

TOMAS. — Se le hubiera dado jornadas de piedra, como 
prueba, como prueba, no de que era Hijo de Dios, sino de 
que él era el hombre. 

JUEZ. — No habéis dicho que Jesús fue llevado del Es- 
píritu al desierto, ayunó cuarenta días y cuarenta noches; y, 
después tuvo hambre? 

JUAN. — Sí. Pero no era hambre de cuarenta días y 
cuarenta noches. No era hambre de pan. Ayunó de esa ham- 
bre. Era el hambriento de fe. 

TOMAS. — Si hubiera sido solamente hambre, con en- 
tregar el hambre; con venderse él, todos los días, bastaba. 
Pero, era ayuno de toda palabra traidora; él no podía en- 
tregar al hambriento de fe; él no podía venderse, y, recibir 
el salario de los traidores. 

PABLO. — El hombre no vive de hambre muerta. El 
hombre vive del hambriento eterno, no mata el ayuno pro- 
fundo de ser libre. 

JUEZ. — Qué buscáis? La resurrección? 

PABLO. — Sí. La resurrección de la vida; nuestro naci- 
miento mismo; el creador y la creación, la fe que no necesita 
ninguna prueba de que el hombre es el azahar y no la rosa. 

TOMAS. — El hambriento de fe no entrega su cuerpo, 
sus ojos, su boca, sus manos, su pecho, sus pies, a la prueba, 
que, por ser prueba es falsa infinitamente, que le obliga a 
ser esclavo de Satanás todos los días, o jornalero de su mi- 
seria o máscara de su esperanza. 

JUEZ. — Somos de carne y hueso. 

JUAN. — El cuerpo no es de carne y hueso. La carne, 
sí, es del hueso, y, en el hueso, se encarna y desencarna la 
vida para la muerte. El cuerpo, todo él, es su entraña de 
luz. 1 

JUEZ. — De modo, Pablo que tú no confiesas haber 
robado un pan. 

PABLO. — Cuánto más lo preguntéis, menos se prueba. 
En que os fundáis? 


49 



JUEZ. — Serás, pues, condenado. 

PABLO. — Si eí que compra al hombre por el pan, si 
por el pan se compra y se vende al hombre; si existe este 
ladrón no confeso porque su robo es admitido; y, además t 
absuelto, cómo podéis castigarme, a mí, que he tomado mi 
pan, sin dejarme comprar ni vender, como si yo me hubiera 
robado a mí mismo? 

JUAN. — (Señala el crucifijo.) Así lo crucificasteis a él. 

PABLO. — (Intenta apoderarse del crucifijo.) Desclavad 
al hombre! 

JUEZ. — (Le impide llevarse al crucifijo.) 

(Se hace la oscuridad de inmediato; se escuchan pasos 
precipitados; vuelve la claridad lentamente; se ve el crucifijo 
en medio de la mesa; y se rehace la oscuridad, mostrando casi 
en un relámpago, la figura doló(rosa.) 



Canto de la paloma 


(La misma claridad.) 

MARIA. — (Va al encuentro de Ana.) 

ANA. — (Desalentada.) María: corrimos hasta el fin de 
la noche. 

MARIA. — La noche no tiene fin. La noche empieza 
con el día, y, sigue con el día. Así nos engaña. Pero, los 
hombres terminarán con el engaño con la noche y el día . . . 

ANA. — (Animándose.) No pudimos ver a Juan, ni a tu 
hermano Tomás. 

MARIA. — No viste una luz? 

ANA. — (Oculta sus ojos bajo sus manos.) 

MARIA. — No te , guiaba una luz? 

ANA. — En la noche? 

MARIA. — No en la que tú crees. 

ANA. — En cuál? 

MARIA. — A las madres les queda la noche en el vien- 
tre. Pero, sus hijos son la luz. La luz es tu entraña, Ana . . . 
Ahí están ellos. 

ANA. — María: nacemos y morimos con nuestro cuerpo. 

MARIA. — Sí. Pero, después se entrega. 

ANA. — A la muerte. 

MARIA. — (Eleva la voz.) No. La muerte puede llevarse 
la vida. Pero, lo que no puede llevarse la muerte, es nuestro 
nacimiento, porque el cuerpo es de él. Los sabios piensan 
en la vida y en la muerte. Ignoran que nacemos. Para pen- 
sar, hay que pensar en la necesidad de morir. Para nacer, 
no hay que pensar en ninguna necesidad. Cualquier sistema 


51 



de conocimiento que nos imponga la necesidad de entregar 
nuestro cuerpo, demuestra la miseria de la sabiduría. Por 
eso se dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. 

ANA. — Pero, si son pobres, cómo es que no tienen 
ninguna necesidad? 

MARIA. — Porque son pobres en espíritu; no pobres en 
necesidad. 

ANA. — Y los ricos? 

MARIA. — Ah, sí . . .! Los ricos son pobres en necesi- 
dad. Son los únicos pobres. Y, tan pobres que tienen que 
vivir de los pobres. Pero, los pobres en espíritu, que no son 
pobres ni ricos, a quienes no les falta lo que le sobra a 
otros y a quienes no les sobra lo que otros les falta, nacen, 
incomparablemente, en espíritu . . . 

ANA. — El espíritu nos libera de toda necesidad? 

MARIA. — Si hubiera, realmente, alguna necesidad, -po- 
dría ser una necesidad de saber, aparte y distinta de una 
necesidad de amar? Por esto, no entregan su cuerpo; por 
esto no entregan su nacimiento. 

ANA. — Y la voluntad? 

MARIA. — Cuando todo es necesidad, todo es voluntad. 
El tirano lo es de sí mismo; nunca es su amo; siempre es 
su primer esclavo. 

ANA. — (Pregunta no muy segura.) Entonces, el amor . . . 

MARIA. — Dilo todo, que te salvas . . .! 

ANA. — El amor tiene cuerpo? 

MARIA. — Nuestro amor? 

ANA. — Sí, sí . . . 

MARIA. — (Sale y vuelve con una paloma en sus manos.) 

— El amor es amor porque es su cuerpo; 
porque hace del cuerpo, su paloma, 
con su pico, sus ojos y su seno: 
y, es paloma de luz, luz y paloma. 

El amor tiene un cuerpo de paloma; 
y no hay otra paloma y otro cuerpo; 

Házme tu cuerpo, amor! Házme paloma! 

Házme amor, con tu luz y tu paloma. 



Tus ojos tan abiertos en mis ojos, 
en los ojos de luz ya tan abiertos, 
que, en esa luz, hace su cuerpo, sola, 
la paloma de amor que hace su cuerpo. 

Y tu boca . . .! qué boca de paloma! 

Qué dulce pico del amor, tu bocal 
De boca a boca, amor tienes la boca 
y es el pico de amor de la paloma. 

(Muestra la paloma.) 

Mira este seno de paloma viva 
donde el arrullo de la sangre crece, 
y, hace crecer un pecho de paloma 
en las palomas de profundo pecho. 

El amor es amor porque es su cuerpo, 
porque hace del cuerpo su paloma . . . 

Ay, paloma de amor! Ay, luz del cuerpo, 
con tu boca, tus ojos y tu seno . . .! 

(Se va y vuelve sin la paloma; a Ana.) 

— La paloma vive 'de la paloma. Y la luz es la paloma . . . 


* \ 


53 




Elegía del fruto 


DAMIAN. — ( Mira a María con visible encono; luego, 
se dirige a Ana.) Has visto a Juan? 

ANA. — (Temerosa, no responde.) 

MARIA. — Por qué se lo preguntas a ella? 

DAMIAN. — Porque ella debe responder. 

MARIA. — No. Tú no debes preguntar. 

DAMIAN. — Ella es su madre. 

MARIA. — Sí. Pero, no puede responderte. 

DAMIAN. — ( Con desasosiego.) Por qué? Tú vas a im- 
pedirlo? 

MARIA. — No. 

DAMIAN. — (A Ana.) Contesta! 

ANA. — ( Angustiada ; como pidiendo su salvación a Ma- 
ría.) María ... 

MARIA. — No puede contestar. No lo ves? 

DAMIAN. — Por qué? Ahora pregunto: por qué? 

MARIA. — Porque si ella es madre y tú preguntas por 
su hijo, ella te responderá por uno que está en todos. Y, tú 
no lo conoces. 

DAMIAN. — Y tú? 

MARIA. — Yo sí . . . Me está creando la entraña. 

DAMIAN. — Ese es un hijo? 

MARIA. — Sí. Porque es un creador. 

DAMIAN. — (Toma violentamente por un 'brazo a Ma- 
ría.) Un hijo? De quién? 

MARIA. — Yo tampoco puedo contestarte. 

DAMIAN. — De Juan? Con más violencia aún.) Tú erés 
una ... 


55 



ANA. — (Pone una mano sobre la boca de Damián.) 
So... 

MARIA. — (Se libera de Damián.) Damián: no hay nada 
que parezcan estar más juntos que el azahar y el fruto; pero 
no hay nada que estén más separados que el azahar y el fruto. 

DAMIAN. — Así debe ser. El fruto debe vivir. La flor 
debe morir. 

ANA. — María te habla del azahar. 

DAMIAN. — Ya lo sé. De la flor. 

MARIA. — El fruto no es de la flor. La flor lo mata. 
Como caín a Abel. 

DAMIAN. — Quién es Abel? 

MARIA. — El azahar. El azahar es del fruto. La flor 
es del vientre; el azahar es de la entraña; y Abel es el hijo, 
el azahar de la madre; el creador y la creación. 

ANA. — No lo entiendes, Damián. 

DAMIAN. — (Imperiosamente.) Yo sé lo que digo. • 

ANA. — Lo que sabes; no lo que dices. 

MARIA. — (Se arrodilla en el suelo; dibuja con sus ma- 
nos lentamente, la imagen de un árbol.) Ved ... El árbol 
que no florece, el árbol que no es de azahar muere por la 
flor, y, su fruto es hijo de la muerte. Desde la raíz, desde 
la misma raíz del árbol, el fruto sube, clamando: “Dadme mi 
azahar, dadme mi azahar” ... Y, desde esa misma raíz, 
mientras el fruto sigle clamando: “Dadme mi ahazar, dadme 
mi azahar”. ... La savia de su nacimiento, la sangre en nos- 
otros, se va haciendo el juego de la muerte. El fruto sube 
por el tronco, clamando siempre: “Dadme mi azahar, dadme 
mi azahar ...” (Se levanta.) El fruto sube por las ramas, 
siempre clamando: “Dadme mi azahar, dadme mi azahar” y, 
hambriento de él, con el hambre de no haber florecido nun- 
ca, con el hambre de que no florecerá jamás, desbordante del 
jugo de la muerte, seco de la savia de su sangre, lo reciben 
las hojas. El sol que siempre lo espera, entre las sombras del 
ramaje, lo entibia para endulzar su amargura infinita: eT 
sol calienta en él, la corrupción materna; y el fruto corrom- 
pido cae al suelo. Podéis gritar: oh, padre de los hijos caí- 
dos! Luego, lo recogéis del suelo, los lleváis a las hojas; las 
hojas los llevan a las ramas; las ramas los llevan al tronco: 


56 



y el tronco los lleva a la raíz, allí donde comienzan siempre 
a morir. Este es el árbol que rehacéis muerto, no porque la 
muerte sea solamente la muerte, sino porque la muerte es la 
corrupción de la vida. Así es como conocisteis el árbol del 
bien y del mal; y, perdisteis el paraíso . . . partisteis la flor 
en fruto . . . corrompisteis su azahar. Y, desde entonces, la 
flor que piensa en flor piensa en el bien y el mal, pero el 
azahar que se siente en fruto, es el amor. El árbol de la 
flor, es vuestra eternidad perdida. El azahar deí árbol es nues- 
tra eterna alegría. Vosotros estáis ebrios de amargura. Nos- 
otros cantamos porque mecemos. (Va y vuelve con un cáliz 
brillante y se lo ofrece a Damián.) Toma... Bebe... No 
temas. . . En este cáliz cada uno bebe su propia culpa. Si tú 
no la tienes . . . bebe . . . bebe . . . 

DAMIAN. — (Lo toma con miedo, vacilante; rápida- 
mente bebe un sorbo; siente un gusto insoportable, se estre- 
mece, se agita . . .) 

ANA. — (Con dolor, a María.) Qué le diste a beber? 

MARIA. — Qué bebiste, Damián? 

DAMIAN. — (Con extraña ebriedad.) He bebido toda la 
amargura, toda la amargura . . . 

MARIA. — No... Has bebido solamente una gota de 
amargura. La amargura es una gota, nada más que una gota; 
una gota pequeña, muy breve; pero, infinitamente amarga; 
que ponéis en la raíz; y, que con ella, envenenáis al árbol; 
es la gota, la pequeña y la breve gota de vuestra vida. 

DAMIAN. — (Devuelve el cáliz a María; con una inmen- 
sa tristeza.) Toma . . . No podrá endulzarse? 

MARIA. — Nunca! No hay dulzura bastante para esta 
sola gota amarga de la vida. Vosotros buscáis endulzarla 
mientras vivís; y cuánto más la endulzáis, más os es amarga. 
Porque lo que no podéis endulzar, no es vuestra vida, sino 
vuestra muerte. (Toma el cáliz que le devuelve Damián.) 
Vosotros os pasáis este cáliz; los muertos a los vivos, y, los 
vivos a los muertos. Y el fruto que tomáis párk endulzaros 
tiene la amargura de la flor; y no el azahar, con el gusto 
a amor . . . 

(Arroja el cáliz al suelo; se hace la oscuridad, de inmediato, 
y, se escucha, largamente, el rodar del cáliz por el suelo . . .) 


57 




Cena del misterio 


(Vuelve la claridad mientras se escuchan breves pasos.) 

PABLO. — (Entra.) 

DAMIAN. — (Detiene, levanta un brazo para castigarlo.) 
Vuelve a la cárcel . . .! 

PABLO. — (Toma el brazo de Damián y se libera del 
castigo |, con violencia.) 

DAMIAN. — Vuelve a la cárcel . . . ! Has huido. Tienes 
miedo de la justicia. 

JUAN. — La justicia no obra con amor. Ella es la que 
nos teme . . . 

TOMAS. — No has huido, no, Pablo? 

PABLO. — Nunca estuve encarcelado. Para que el hom- 
bre sea encarcelado, es preciso que se condene a sí mismo 
Sí . . . Lo sé. Hay quienes se condenan. Conozco los filósofos 
de la libertad. No os condenéis a vosotros mismos. Nadie po- 
drá encarcelaros. No sé lo que es huir. Huir no es liberarse. 
Porque no puede huirse sin llevar consigo la cárcel. Están 
los que llevan su cruz y se liberan de ella, porque son hom- 
bres y no cruces. Y, están los que huyen, llevándose la cárcel 
consigo, porque son sus carceleros y no hombres, y, no se 
liberan. Para ser realmente un prisionero se necesita ser su 
carcelero. Porque cuando uno es su carcelero, cree que no 
está en su prisión, y, la cárcel siempre se cierra más, en el 
claroscuro del que está huyendo, del que piensa en liberarse. 
Tú piensas, Damián. Nunca te salvarás, pensandb’ de prisión 
en prisión, siendo tu carcelero. 

DAMIAN. — El pensamiento no es la libertad? 

PABLO. — En la cárcel de uno mismo, hay una pequeña 
abertura. Por ella, entra un rayo de sol . . . Tú, qué crees? 


59 



DAMIAN. — (Jubilosa-) Que es la luz, que es la luz... 

PABLO. — No . . . 

DAMIAN. — (Con ira, ahora.) Qué es, entonces? Vivo en 
la oscuridad? Soy ciego? 

TOMAS. — Sí. Porque la luz es toda luz. 

PABLO. — Lo que tú ves no es tampoco un rayo de sol. 
Es el último rayo del sol. Porque todo rayo de sol es el úl- 
timo. Y, porque lo último que ves, es el sol. 

DAMIAN. — Me niegas que veo con mis propios ojos? 

PABLO. — Nunca se es más ciego que cuando se habla 
de los propios ojos; nunca se miente más que cuando se 
habla de la propia boca; nunca se roba más que cuando se 
habla de las propias manos. La propiedad es falsa. 

DAMIAN. — (Amenazando a Pablo, Tomás y Juan.) De 
modo que todo lo mío es vuestro . . . 

PABLO. — Ni, tuyo, ni nuestro. 

TOMAS. — (A Damián.) Qué estás reclamando? Tus ojos 
no tienen más alcance que tus ojos; tu boca no tiene más al- 
cance que tu boca; tus manos no tienen más alcance que tus 
manos; tu cuerpo no tiene más alcance que tu cuerpo. Tú 
no tienes ojos, ni boca, ni manos, ni cuerpo . . . Nunca te 
alcanzan tus ojos, tu boca y tu cuerpo . . . 

PABLO. — Por eso, te apropias de todo . . . 

JUAN. — Por eso, el todo no alcanza. 

TOMAS. — Por eso, tienes una muerte larga, larga . . . 

DAMIAN. — Qué dices? Soñamos? 

PABLO. — Soñáis . . . soñáis con la muerte en la mirada. 
Desde el día a la noche y desde la noche al día. En el día, la 
muerte recoge, una a una, en su tul, todas sus estrellas. En la 
noche, la muerte desprende una a una, de su tul, todas sus 
estrellas. La estrella de la tarde es la estrella de la mañana. Y 
ninguna es la luz; y, el tul no es el cielo. Romped el tul de 
la muerte! Terminad con la noche y el día! Abrid los ojos 
en los ojos! No miréis con ellos . . . 

DAMIAN. — Qué es el cielo? 

JUAN. — El canto de los ángeles. Y, si el cielo se llena 
de ángeles es porque se llena de canto. Y no hay tierra ni 
cielo. Hay canto, hay canto, hay canto . . . 

DAMIAN. — Llamáis ángeles a los que tienen alas? 


60 



PABLO. — El ángel no es el ángel. El ángel es el vuelo, 
su canto ... . 

TOMAS. — Satanás es el que tiene alas. No hay más 
alas que las satánicas, porque no son alas; son llamas . . . 

DAMIAN. — (Desesperado.) Llamas? Sí . . . Yo veo las 
llamas llevadas por sus sombras; las llamas aterradas por las 
llamas; las llamas llevadas como locas, retorciéndose, persi- 
guiéndose, levantándose, cayendo . . . frías, frías, heladas entre 
sus sombras, sus remordimientos... ( Oculta la cara entre las 
manos, vacila, parece caer, lo sostiene Juan; se reanima y 
clama.) Quiénes sois vosotros? Queréis acabar con la razón? 

PABLO. — Quién tiene razón? Aquel que puede tenerla 
más, ése tiene razón. La razón es, pues, una impostura, la 
mayor impostura; y para serlo, no le alcanza con ser impos- 
tura, necesita la fuerza ... 

JUAN. — Y sino creyerais en la razón, tendríais algo en 
qué creer? 

DAMIAN. — Vosotros en qué creeís? 

TOMAS. — No hay credulidad ni incredulidad. 

PABLO. — El creador nace. La creación crece. El creador 
es la creación. 

DAMIAN. — Vosotros cómo os defendéis? 

JUAN. — Defender . . . ? qué? Los duros mueren ante 
otros más duros que ellos. 

DAMIAN. — Sois tan inocentes? 

PABLO. — Somos culpables? 

TOMAS. — No has visto aún que somos uno que está 
en todos? 

DAMIAN. — Quién es? Cómo se llama? Qué nombre 
tiene? 

JUAN. — Quién es? Cómo se llama? Qué nombre tiene 
la flor del fruto? 

DAMIAN. - El azahar. 

PABLO. — Lo reconocerías? * n 

DAMIAN. — (Da algunos pasos, confuso.) 

PABLO. — Lo reconocerías? 

TOMAS. — La flor no tiene gusto a flor siquiera. 

DAMIAN. — Pero es bella . . . 

TOMAS. — Por qué? 



DAMIAN. — Por el color . . . 

JUAN. — Muere por su propio nombre . . . 

PABLO. — El fruto tiene sabor ... el del azahar. 

TOMAS. — El fruto tiene su entraña ... el azahar. 

JUAN. — Así es uno que está en todos. 

PABLO. — En uno está el azahar. 

TOMAS. — Cómo podría llamarse el que es porque está 
en todos? Cómo puede llamarse? Qué nombre tiene sino el de 
Señor . . .? 

DAMIAN. — Y vosotros sois el Señor? 

PABLO. — El que lo reconoce en él, es él! 

DAMIAN. — Así se hizo azahar? 

PABLO. — Sí . . . Yo lo veo cuando toma el pan; lo parte; 
y se lo da a los discípulos, diciéndoles: “tomad, comed; éste 
es mi cuerpo. Yo lo veo cuando toma el vaso y se lo da i 
sus discípulos diciéndoles: tomad, bebed, ésta es mi sangre. 

DAMIAN. — Y a él que le dan? Nada? 

PABLO. — El da para que toméis, y, si tomáis, él recibe. 
Quién da más? Quién recibe más? 

TOMAS. — El no es usurero ... El no es prestamista . . . 

DAMIAN. — (Mira a Tomás duramente; no le contesta.) 

PABLO. — Este, éste es el misterio del Señor . . . Cuánto 
más da, más recibe! 

TOMAS. — No te equivoques, Damián. El no da cuerpo 
por cuerpo y sangre por sangre. El no cambia ... él no cam- 
bia . . .! 

PABLO. — Acuérdate del látigo para los vendedores de 
palomas, en las puertas del templo . . . 

TOMAS. — Deja de pensar que el misterio se vende y 
se compra. 

DAMIAN. — Y Judas? Qué pensó Judas? 

JUAN. — Judas? Judas pensó que entregaba el cuerpo y 
la sangre del Señor, en treinta dineros, sin saber que el mis- 
terio es inviolable a cualquier precio de esclavitud. 

TOMAS. — Todo precio de compra y de venta, cualquiera 
sea el precio, aún el mayor, el de un imperio, es siempre los 
treinta dineros. Este comercio siempre tiene el mismo valor: 
los treinta dineros. 


62 



PABLO. — Y Judas os ha dejado la horca en la que os 
colgáis. Y nunca os liberaréis de ella. El Señor nos da el mis- 
terio de la cruz para liberarnos de ella y vivir ... La muerte 
os ahorca. Y el misterio no se crucifica . . . 

DAMIAN. — (Señalando a Pal^.) Tú te acercaste a la 
mesa del Señor? 

PABLO. — No. El Señor no tiene mesa. Acercarse a su 
mesa, es perder el Señor. 

DAMIAN. — Nosotros no tenemos mesa? 

TOMAS. — Sí. Pero en ella no está el Señor . . . Vosotros 
estáis separados, desde la mesa. Nunca podréis acercaros al 
Señor. 

JUAN. — No podemos decir que estamos en torno de él. 
Porque no estaríamos en torno de él, sino en torno de la mesa. 

DAMIAN. — La mesa es él? 

PABLO. — La mesa es él. Toma de él y no de la mesa. 

TOMAS. — Que hay en vuestra mesa? 

PABLO. — Yo pude tomar, pues, el pan y el vino; yo 
pude tomar el cuerpo y la sangre; yo pude tomar al Señor 
para decirte: el pan no es pan pera que se empiece por él; 
y, para que él haga ricos y pobres; para decirte: el pan no 
es pan para venderlo y para comprarlo; para decirte: el pan 
no es pan para ocultarlo y para probarlo; para decirte: el 
pan no es pan para ganarlo o para perderlo; para decirte: el 
pan no es pan para llorarlo y para pagarlo. Que estáis ha- 
ciendo con el pan? Hambre? Hambre solamente? No . . . Cuan- 
do creéis que todos los días calmáis a los hambrientos de él, 
ya no hay hambre de pan; tanto lo endurecéis, día por día . . . 
ya no hay hambre de pan, porque ese pan de los hambrien- 
tos se hace un hambre de ser, un hambre de ser, y somos los 
hambrientos de nuestro azahar, de nuestro Señor. Por qué 
endurecéis tanto al Señor dentro de vosotros, que estáis tan 
hartos de pan? Enterneceos: tomad al Señor que es, todos los 
días, la ternura del pan; tan tierno, tan tierno, 'hasta que el 
pan es el mismo Señor? 

DAMIAN. — (Con ironía.) Y, sin embargo, te encarcela- 
ron . . . 

PABLO. — No , . . Aquel pan que yo comí, lo sentí, y, 
era él; aquella sangre que bebí, la sentí, y, era él; aquel 


63 



gustar es gustar y sentir; tomar es tomar y sentir . . . Y, mis 
cuerpo que tomé lo sentí y era él . . . Ver es ver y sentir; 
sentidos se hicieron luz en mis ojos; se hicieron luz en mi 
boca; se hicieron luz en mis manos; se hicieron luz en mi, 
sangre; se hicieron luz en mi cuerpo. Yo era la luz . . .! La 
luz estaba en la cárcel? Quién podía reconocerme? Mi car- 
celero? No ... El vive en sus tinieblas ... Y, hecho luz, yo 
vine a la tierra, y, soy su nunca vista aurora . .. 

DAMIAN. — (Oculta la cara entre sus brazos; retrocede 
lentamente hasta diluir su presencia, a medida que va 
oscureciendo.) 



La perla viva 


I 

(Apenas una linea rojiza, tenue, lejos, anuncia que sal- 
drá el sol.) 

DAMIAN. — ( Vuelto hacia el oriente, lo señala jubilo- 
samente.) Va a salir el sol... va a salir el sol...! (Toma a 
Juan y a Tomás por /o)í brazos y los hace mirar hacia aquel 
punto.) Vosotros que lo negáis, mirad, mirad . . . 

TOMAS. — 

JUAN. — (Se esfuerzan en desprenderse de Damián .) 

DAMIAN. — No . . . Mirad cómo sale el sol. Sois ciego? 
Sois ciego . . . 

TOMAS. — 

JUAN. — (Insisten en liberarse de Damián.) 

DAMIAN. — (Aún los retiene.) Miradlo... Sois también 
rebeldes? 

TOMAS. — 

JUAN. — (Vencen, por fin, a Damián.) 

DAMIAN. — (Tomándose la cabeza enire las manos, re- 
corre, unos pasos, desorientado, y clama.) Estáis locos . . . estáis 
locos . . . (Se detiene, vuelve hacia donde estaba, mira hacia lo 
alto, lo señala.) Pronto . . . pronto . . . llegará allá aüriba, arri- 
ba, brillante, poderoso, hecho de oro, inmortal . . . 

TOMAS. — (Sentenciosamente.) Saluda al César, tú que 
también mueres por él . . . 

JUAN. — Vosotros lo necesitáis tanto para vuestra gran- 
deza como para vuestra bajeza. 


65 



TOMAS. — (Lleva a Damián hacia donde el señaló lo. alto, 
levanta un brazo en esa dirección.) Mira . . . desde allá arriba, 
muy arriba, caerá después, y caerá siempre desde donde se eleva; 
cada vez más abajo, porque siempre quiere subir más alto. Ya no 
es más abajo. Es rebajarse. Tenéis que rebajaros para subir. Sois 
los' rebajados porque sólo vosotros tenéis el único poder, el de 
rebajaros siempre. El más encumbrado es el más rebajado. 

(Se escuchan murmullos tristes y monótonos, que se 
pierden lejos.) 

DAMIAN. — Qué es eso? 

JUAN. — Las plegarias sangrientas de la ronda de tus 
muertos. Se mata para robar. Matáis el nacimiento para ro- 
bar al hombre. Si no matáis el nacimiento, no podéis robar 
al hombre. No mintáis . . . Cuando salió la paloma del arca 
y volvió con la paz, la degollasteis. El que volvió tras ella, 
el que vuelve siempre es el cuervo ... 

DAMIAN. — Creéis que hay tanta injusticia? Cuando 
vuestro hombre estuvo frente a la moneda, qué dijo? Dijo: 
“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. 

TOMAS. — Sí; pero no los pesó en vuestra balanza para 
decidirlo. 

DAMIAN. — La balanza es justa. 

JUAN. — La balanza es hipócrita. Sus platillos suben y 
bajan; pero para hacer justicia, obedecen a un eje duro, 
frío, indiferente. No era lo mismo para el César y para Dios. 
No eran dos cosas muertas como son vuestras cosas y vues- 
tros pesos. Cuando el hombre dijo: “Dad al César lo que es 
del César y a Dios lo que es de Dios, rompió el eje, partió 
el cuño de la moneda, porque todas las monedas son falsas 
por su cuño. “Dad al César lo que es del César”, es deciros: 
“Dad al falso, vuestra falsedad, para que sea, siempre, más 
falso” . . . “Dad a Dios lo que es Dios”, es deciros: “Ya no 
podréis comprar y vender con dos caras. Ah, máscaras per- 
filadas, nuestra cara no se compra ni se vende; es la cara de 
nuestro nacimiento, sin un día de sol, ni una noche de luna . . . 
Porque el cuño de las monedas se imprimió ya en las palabras 
del César y las palabras del César están perfiladas como su 
efigie; y, todos los Césares hablan perfilados y agudos como el 
filo de sus espadas . . . 


66 



DAMIAN. — (Señala hacia el oriente.) Me negaréis que 
el sol le da su calor a la tierra? 

TOMAS. - — A qué tierra? 

DAMIAN. — (Golpea el suelo con un pie.) A esta, a esta... 

(Breve silencio.) 

DAMIAN. — No oísteis? (Se arrodilla en el suelo y lo 
golpea con una mano.) A esta tierra, a esta tierra... (Se le- 
vanta.) 

JUAN. — (Golpea el suelo con un pie.) Esto no es la 
tierra . . . 

DAMIAN. — (Con asombro.) Esto no es la tierra? Qué es, 
entonces? 

TOMAS. — (Golpea, a su vez, el suelo, como Juan.) Esto 
es el suelo . . . Esto es el suelo . . . Desde aquí sale el sol, y, 
desde aquí se eleva el sol; y, desde aquí, se va el sol. El sol 
sale y se pone por el mismo lado; por este mismo suelo . . . 

JUAN. — La tierra está fría de tierra y el cielo está frío 
de cielo. (Llama.) María . . . María . . . 

II 

MARIA. — (Entra trayendo una cuna de niño; la misma 
de la canción de cuna.) 

JUAN. — (La toma y la lleva más cerca, hacia el frente.) 

MARIA. — (Sigue tras ella.) 

JUAN. — (Señala el oriente.) Veis? El sol sale por allá . . . 

MARIA. — (Toma la cuna por una baranda ; y la mueve, 
hacia la derecha ) 

JUAN. — (Señala el ocaso.) Y el sol se pone por allá . . . 

MARIA. — (Vuelve la cuna en esa dirección.) 

JUAN. — (Mientras María mece la cuna, acompasada- 
mente.) Siempre de allá para allá . . . Así es en esta cuna y 
en este mundo ... El niño que nace y ponéis aquí, aquí mue- 
re. De día, el sol os da un calor de cuna; de noché, una cuna 
fría. Nunca alcanza el calor de cuna para la frialdad de la cuna. 

MARIA. — Esta es la cuna del hijo? O éste es el nido 
de una serpiente... La serpiente no tiene calor en su nido. 
Lo abandona y se arrastra por el suelo, buscando al sol, siem- 
pre con su sangre fría, y su veneno ardiente. Los que envene- 


67 



nan su nacimiento, tienen su cuerpo frío, porque su sangre 
es su veneno. Todas las serpientes son así: de sangre fría y 
de veneno ardiente . . . 

DAMIAN. — Pero aquí estuvisteis todos y os cantaron la 
canción de cuna . . . 

MARIA. — Para dormir la serpiente. Las serpientes duer- 
men siempre y hacen, dormidas, el silbido de la muerte. 

TOMAS. — ( Toma la cuna, la mece pausadamente.) Así 
todos los días, todos los días . . . De muerte a muerte. (Seríala 
el medio del movimiento.) De muerte a muerte con el espacio 
de esta vida . . . 

JUAN. — (Hace el gesto de encadenar.) Así se hace la 
cadena de muerte a muerte, unida por la vida ... La cadena 
os parece fuerte, muy fuerte, a través de sus eslabones. Y, sin 
embargo, no hay nada más débil en una cadena, que aquello 
que une eslabón por eslabón . . . (Eleva la voz.) Hombres ■ que 
queréis ser libres, no golpáis sobre los eslabones; cortad, cor- 
tad lo que los mantiene unidos; cortad esta vida, de muerte a 
muerte; y, nunca más estaréis encadenados . . . 

TOMAS. — Si la tierra ha de ser la tierra, le hace falta 
el cielo. Si el cielo ha de ser el cielo, le hace falta la tierra. 
Naceremos de luz; y, seremos la nunca vista aurora. 

MARIA — Yo os diré cómo se hacen las jornadas. (Mueve 
con el dorso, hacia arriba, la mano derecha, elevándola, len- 
tamente; y, haciendo la curva del sol.) Así se va haciendo el 
día, porque el sol va haciendo la noche. El sol va moldeando 
el día, hasta la noche... (Copipleta la curva del sol hasta el 
ocaso.) y, hace una concha marina, que cae al mar después 
de haber salido de él . . . El sol no ha podido tomar ni un." 
gota de cielo; la concha del sol oscurece, y, vacía, con los re- 
flejos de la muerte, como son todos los reflejos; se hunde en 
el fondo, sin encontrar, jamás, una perla de luz . . . Todos los 
días son conchas de sol que caen muertas y oscuras en el mar... 
Pero, nosotros, no . . . Nacemos con nuestra gota de cielo, ha- 
ciendo de la tierra, cielo, y, haciendo del cielo, tierra; te- 
nemos el cuerpo perlado, y, no la concha oscura. Somos el 
oriente más puro de esa perla, la luz . . . Un día, yo pasé por 
la orilla del mar . . . 

(Oscurece rápidamente.) 


68 



III 


(Vuelve la claridad. poco a poco . . .) 

LA MUERTE. — (Danzando a orillas del mar; le siguen 
otras danzarinas, a ¡as cuales les ha dado una cúncha marina 
oscura y con reflejos.) 

LA VOZ DE MARIA. — Un día llegué a orillas del mar. 
Y me pregunté: cómo se llega al mar por las orillas? Cuántos 
lo habrán perdido por buscarlo en las orillas? Sólo escuchan 
sus playas rumorosas? Dónde estará el mar? Donde está su 
canto. Ay, la alta mar es el canto; y ni la mar lo tiene ... Un 
día yo llegué a orillas del mar . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Cruza lentamente a 
orillas del mar, mirando hacia él.) 

LA MUERTE. — (Danza, sacando grandes conchas ma- 
rinas, oscuras y de vivos reflejos, que otras niñas, que danzan 
con ella, recogen y hacen brillar.) 

LA VOZ DE MARIA. — Y la Muerte me llamó . . . 

LA MUERTE. — (Llama con sus manos a la Niña vesti- 
da de rojo.) Ven . . . Te daré una, la tuya, como a ellas . . . 
(Sigue danzando con las niñas; insiste.) 

LA VOZ DE MARIA. — Yo le dije que no . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Hace signos nega- 
tivos.) 

LA MUERTE. — Ven . . . Mira como ellas danzan, ale- 
gremente, conmigo. 

LA VOZ DE MARIA. - Yo le dije que no. 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Vuelve a hacer signos 
negativos.) 

LA MUERTE. — Ven . . .! (Le muestra una, brillante, 
que mueve como un espejo.) Ves? Esta es hermosa . . . La 
más hermosa ... La hermosura ... El mar las hace danzan- 
do .. . (Imita la cadencia del mar y todas las Niñas la siguen 
en ese movimiento.) 

LA VOZ DE MARIA. — Y yo le dije que ‘río . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. - (Vuelve a hacer sig- 
nos negativos.) 

LA MUERTE. — Por qué no la quieres? 

LA VOZ DE MARIA. — Porque no tiene una perla. 


69 



LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Oculta el rostro 
entre sus manos.) 

LA MUERTE. — Cómo lo sabes? 

LA VOZ DE MARIA. — Yo no lo sé . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Oculta el rostro 
entre sus manos.) 

LA MUERTE. — Cómo lo sabes? 

LA VOZ DE MARIA. — Yo no lo sé .. . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Descubre su rostro 
y retrocede un paso.) 

LA MUERTE. — Esto no me lo dijo ninguna niña . . . 
(Mira a las niñas que siguen danzando en torno de ella.) F.sto 
no me lo dijo ninguna de ellas . . . Tú, lo adivinas? 

LA VOZ DE MARIA. — Yo no adivino . . . Yo veo . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Se aleja otro paso.) 

LA MUERTE. — Qué ves? 

LA VOZ DE MARIA. — Veo que no tiene luz. 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Señala sus ojos y 
señala la concha marina que la Muerte le ofrece.) 

LA MUERTE. — Quédate conmigo . . . Te daré otras 
más bellas que están en el fondo del mar. 

LA VOZ DE MARIA. — No, no . . . Porque el fondo del 
mar empieza en la orilla. Y, desde la orilla, se comienza a 
ser falso. No hay nada que tenga más fondo que la falsedad. 
Porque es todo falso, de arriba a abajo . . . 

LA NIÑA VESTIDA DE ROJO. — (Huye.) 

LA MUERTE. — (Quiere perseguirla, mientras las otras 
niñas, siguen danzando. En lq carrera, despliega sus livianas 
alas negras, y, se va haciendo la oscuridad.) 


70 



Amanecer en el 


I 

LA VOZ DEL POETA. — 

En el cielo estrellado, 
no hay estrellas ni cielo. 

El cielo está desnudo; 
se desnuda de estrellas; 
ninguna estrella es alba. 

El alba se hace sola; 
se hace con las manos; 
se hace con los ojos; 
se hace con la cara; 
y es el cuerpo del alba. 

No está en ninguna estrella, 
la desnudez del alba, 
esa ausencia celeste 
de la esencia creada, 
que se desnuda en alba. 

Las estrellas del cielo, 
en estrellas se cambian; 
son estrellas cambiadas 
van vestidas de estrellas, 
en sus muertes nupciales. 
Pero el alba que hacemos 


reino 


71 



es la aurora del cielo, 
ya desnuda y eterna, 
el misterio del cuerpo, 
porque es él, y, es su alba . . . 

(Aclara más.) 

PABLO. — (Entra rápidamente.) Venid ... La tierra se 
desprende de su cruz. Oid como huyen sus crucificadores, con 
sus soldados, con sus estandartes, con sus lanzas . . . 

(A lo lejos se escuchan estas fugas.) 

DAMIAN. — 

PEDRO. — 

MARIA. — 

ANA. - 

(TOMAS. — (Acuden.) 

DAMIAN. — (Mira hacia el horizonte.) Eto que viene es 
el día; se va la noche. 

PABLO'. — Esta es el alba sin noche. 

PEDRO. — Un alba sin noche? 

ANA. — Hemos estado despiertos? 

JUAN. — Siempre llevamos la sangre durmiéndose en 
el cuerpo; enfriándose en el cuerpo; callándose en el cuerpo. 
Ahora amanece la sangre, ahora, la sangre arde; ahora la 
sangre canta. El cuerpo se hace luz, porque lo que viene es 
el cuerpo libre. 

TOMAS. — (Señala el horizonte.) Ved . . . Primero, des- 
clava un pie; luego el otro; primero desclava un brazo luego 
el otro; todo el cuerpo se ^ esc l ava > y despierto y ardiente 
crea su canto, se abraza al cielo y la tierra se hace cielo y 
el cielo se hace tierra. Y el coro de todos los cuerpos des- 
piertos y ardiantes, el coro de los hijos de la tierra y del 
cielo, canta: “Hágase la luz! Y la luz se hace . . . 

PEDRO. — Con tan pocas palabras? 

PABLO. — Entre una palabra que dice que sí y otra 
palabra que dice no, hay muchas palabras, pero ninguna es 
la palabra. 

DAMIAN. — Ni el rey la tiene? 

TOMAS. — El rey no tiene palabra. La palabra es el 
reino. 


72 



ANA. — Y la palabra de Salomón, rey de los reyes? 

PABLO. — Los reyes se comparan con los reyes. Porque 
si tuvieran un reino no tendrían por palabra la compara- 
ción. La palabra por real que sea, perdió al reino de Ja 
palabra. 

ANA. — (Con angustia; recita.) “Tus cabellos como ma- 
nadas de cabras que se muestran desde el monte de Galaad; 
tu cuello como la torre de David, edificada para muestra; 
tus dos pechos como cabritos de gama que son apacentados 
entre azucenas; como panal de miel destilan tus labios, oh 
esposa, miel y leche hay debajo de tu lengua; y el olor de 
tus vestidos como el olor del Líbano . . .” 

MARIA. — Pero, la reina tuvo la palabra del reino y 
al rey perdido por compararla, le dijo: “Oh quien te me 
diese como hermano que mamó los pechos de mi madre, de 
modo que yo te halla fuera, te bese y no me menosprecien”. 
Le llamo “hermano” para beber en los mismos pechos de 
su madre, porque la comparación no tiene pechos y nadie 
puede mamar en ellos sino se sienten en el mismo reino. 

JUAN. — La palabra de la comparación no es el amor 
incomparable. 

DAMIAN. — De qué reino habláis? Dónde está? Cuán- 
do vino? 

MARIA. — Está en todas partes . . . 

DAMIAN- — Eso no es decir dónde está . . . 

MARIA. — Pero eso es decir de dónde viene . . . 

ANA. — Es ún reino donde el más pobre puede llegar 
a ser el más rico? 

MARIA. — No. Porque eso sería como esta vida, ¡a mis- 
ma miseria infinitamente repartida. 

PEDRO. — Es un reino dónde el más bajo puede llegar 
a ser el más alto? 

MARIA. — No. Porque eso sería esta vida, la misma ba- 
jeza infinitamente repartida. 

DAMIAN. — Es un reino donde el más igrfol'ante puede 
llegar a ser el más sabio? 

MARIA. — No. Porque eso sería esta vida, la misma 
ignorancia infinitamente repartida. 

DAMIAN. — (Con temor.) Yo lo tengo? 


73 



MARIA. — No . . . 

ANA. — Qué hiciste de él? 

DAMIAN. — ( Sorprendido .) No sé... Me lo han roba- 
do .. . (Grita y se agita.) Me lo han robado... Hay tan- 
tos ladrones. . .! 

MARIA. — No! Los que no lo tienen es porque lo han 
vendido. (A Damián.) Tú lo vendiste... 

MARIA. — Lo vendiste, sí porque tu creiste que te da- 
ban por él, más de lo que valía; y el que te lo compró, creyó 
que daba por él, menos de lo que costaba. 

DAMIAN. — Por qué dices que es nuestro? 

MARIA. — Porque no hay nada más nuestro que aquello 
que podemos perder ... 

DAMIAN. — Cómo es el reino? 

(Se hace la oscuridad, de inmediato; Inego aclara.) 

III 

EL REY. — (Entra seguido por cinco esclavas.) 

LA VOZ DE PABLO. — El reino es de rey y de reina. 
La luz es la reina. Y el rey debe velar por ella. Si el rey se 
duerme, la pierde; y si la pierde, la sueña. Todos sueñan 
ló que pierden. El sueño es siempre sueño de perder en él 
y hasta se pierde el sueño. Se pierde más soñando que per- 
diendo. Por eso, el sueño es soñar más lo soñado, que lo pier- 
de. Entonces, el rey comienza a andar, soñador y perdido. 

EL REY. — (Comienza a andar, seguido, por sus cinco 
esclavas.) > 

LA VOZ DE PABLO. — Y mientras el rey anda, con 
un pie hace el día y con el otro pie hace la noche. 

EL REY. — (Mientras anda, la luz se enciende y se apaga 
cuando lexmnta un pie y posa el otro.) 

LA VOZ DE PABLO. — Y nunca encuentra a la reina, 
su luz, porque él va haciendo siempre el día y la noche mien- 
tras anda . . . Pero, de pronto se detiene y grita: Quién me 
robó la reina? Quién me robó la reina? 

EL REY. — (Hace el gesto que corresponde a la expre- 
sión de la voz de Pablo; mientras las esclavas danzan en torno 
de él.) 


74 



LA VOZ DL PABLO. — El rey cree, entonces, que a la 
luz, su reina, se la robó alguna de sus esclavas. Porque hay 
esclavas que tienen ojos, de reina; y va mirando el fondo de 
los ojos de sus esclavas, una por una, y, así, si.n encontrar la 
luz, su reina, hace siempre la noche estrellada que trae el 
sueño, y nunca la aurora nunca vista . . . 

EL REY. — (Siguiendo la voz de Pablo , arranca una por 
una, los ojos de las esclavas . . . ) 

(Se hace la oscuridad , en seguida.) 

EL REY. — (Como si estrellara la noche arroja sobre 
ella, uno por uno los ojos de las esclavas; y las esclavas que 
van quedando ciegas, danzan con el Rey perdido en su sueño.} 

LA VOZ DE PABLO. — Y el rey, ciego desde el princi- 
pio, por haber dejado de velar por la luz, su reina, sigue 
andando; y, mientras anda va haciendo con un pie el día 
y el otro pie la noche. 

EL REY. — (Ejecuta lo que dice la voz de Pablo, y la 
luz se enciende y se apaga a cada movimiento de sus pies 
como lo hizo antes . . .) 

( Oscurece.) 

LA VOZ DE PABLO. — No soñéis con los ojos dormi- 
dos. Despertad con la luz en los ojos. No séais ciegos por 
perder el reino. Velad por la luz, por la reina, y será vues- 
tro. Cada uno de nosotros, el reino . . . 


75 




Sueño de las águilas 
y de las serpientes 


(Se hace, lentamente , la luz.) 

PABLO. — Un águila salió a descubrir el reino. Voló 
alto! Muy alto. Las águilas son las que vuelan más alto. Pero, 
no descubrió el reino. Entonces, agrandó sus alas. Tuvo unas 
alas inmensas. Así comenzó a hacer del vuelo, un sueño. Y 
mientras no volaba pero soñaba, agrandó cuanto pudo el 
sueño, sus alas inmensas. Y, sin poder descubrir el reino, 
quedó allá arriba, arriba de su sueño, con las alas quietas, 
inmensamente desplegadas. Y no pudo nunca descubrir el 
reino. 

Otra águila salió a buscar a aquella que no volvía . . . 
Voló alto, como todas las águilas. Pero, como no podía des- 
cubrir el reino, también agrandó sus alas, soñando que vo- 
laba, y, agrandó inmensamente sus alas, pero siempre volaba 
menos y soñaba más. Y, también quedó allá arriba, de su 
sueño, con las alas quietas, inmensamente desplegadas . . . 

Y así salieron todas las águilas, unas detrás de las otras, 
volando alto, como cuando se vuela soñando, agrandando sus 
alas inmensas, y, quedando suspendidas y quietas arriba de 
su sueño, inmensamente desplegadas. 

Todas las águilas que vuelan soñando, cuanto más alto 
vuelen, cuanto más agranden sus alas, cuanto más sueñen, 
nunca podrán descubrir el reino. 


77 



Las águilas vuelan muertas. 

Las alas son de la muerte. 

El vuelo es de la eternidad . . . 

Y lo que no podían hacer las águilas, tentaron hacerlo 
las serpientes . . . 

Una serpiente salió a descubrir el reino. Se arrastró. Todo 
lo que puede arrastrarse una serpiente, se arrastró. Y no po- 
día alcanzarlo. Y arrastrándose, soñaba. Creyó que le faltaba 
cuerpo; y se agregó más anillos. Cuántos más anillos se aña- 
día, menos cuerpo tenía; más se arrastraba soñando, murién- 
dose en cada anillo y no pudo descubrir el reino. 

Otra serpiente salió a buscar a aquélla, porque no vol- 
vía; se arrastró cuanto pueden las serpientes; creyó también 
que le faltaba cuerpo y le añadió más anillos, y, tampoco 
pudo descubrir el reino. 

Y así salieron todas las serpientes, unas detrás de las 
otras, arrastrándose soñando, añadiéndose cada vez más ani- 
llos, y, nunca pudieron descubrir el reino . . . 

Así salen siempre, las águilas y las serpientes, muertas 
unas en las alas, y, muertas las otras, en sus anillos, para 
descubrir el reino, y, así seguirán las águilas y las serpientes 
arrastrándose, arriba o abajo, sin descubrir jamás el reino.. 

(Se escucha un ruido de alas y de un desliz sobre si sue- 
la , mientras oscurece .) 



Egloga de la luz 


I 

LA VOZ DEL POETA. - 

Cantad, cantad, los hijos de la tierra. 
La tierra es, toda, luz; y, toda, tierra. 
Nunca verán los días y las noches, 
tanta luz, tanta luz en, una estrella . 


Alborea en el reino de los hombres . . . 
Los esclavos tendrán caras de cielo. 

El canto ya lo hacen los creadores; 
y la luz es la luz porque la vemos . . .. 

II 


(Se hace una gran luz roja que parece salir del cuerpo 
de María.) 

MARIA. — 


Despierta, azahar dormido, 
deja morir la rosa; 
no esperes las estrellas; 
el alba se hace sola 
porque el alba es eterna. 


79 



Mirad en mis entrañas 
y allí veréis al hombre. 

Qué luz tienen sus ojos! 

Qué luz tienen sus manos! 
Qué luz tiene su boca! 

Qué luz que tiene el hombre, 
la nunca vista aurora . . . 


F I N 





Canto llano 


BREVE 


ANTOLOGIA 




III 

El grano no grana en él. 

Ni la espiga, en ella, grana. 
Ni la mies grana en la mies. 
Porque hay un grano, solo. 
Porque él es el granarse. 

Y el creador es la creación. 


IV 


No siegues para tu pan. 
Espigas para tu mies. 

No seas tú segador. 

El espigador tú seas. 

Cuando veas que otros siegan, 
tú, espígate; 

que si la mies es segándola; 
Tu Señor es espigándose. 


85 



V 


El Señor del canto llano 
no tiene el grano en la mano; 
tiene la mano granada; 
y es granándose su canto.. 

XIV 

El Señor es su casa; no su templo. 

El Señor es su cuerpo; no su ruina. 

La casa se espiga y se enternece. 

El templo se rehace y se endurece. 

No hay nada más duro de hacer que el rehacer. 
La ruina se rehace, endureciéndola. 

Polvo eres y en polvo te convertirás, porque 

[eres duro. 

Y siempre serás polvo de dureza y no hambre 

[de ternura. 


XVI 

) 

David come su Dios. 

Jesús es su Hambre. 

David, el salmo. 

Jesús, el canto llano. 

David, el salmo compuesto. 

Jesús, el allanar del salmo. 

David, tus manos y tu Dios escucha. 
Jesús, tus manos callan y el Señor canta. 



XX 

Señor, tu arpa es el misterio. 

El canto es de tus manos. 

Nadie puede escucharte, 

por más que quiera saber dónde tienes el arpa:; 
por mucho que vague en la sombra de su canto, 
para hallar el misterio de tus manos. 

XXI 


Entra al cuerpo por tu canto, 
y eres el canto llano; 
si tu cuerpo no se allana, 
se va el canto por tus manos. 

XXII 

Los ecos levantaron los muros 
y edificaron el templo. 

Tú, con el canto desnudo, 
elevaste tu cuerpo! 



XXIII 


Señor, tú no tienes las manos 
para <^ue una siga la otra 
en la melodía. 

Señor, tú no tienes Jas manos 
para que ellas se encuentren 
en el acorde. 

Señor, tú no las separas ni las unes 
para que estén siempre perdidas. 

En ellas no hay ni vaguedad ni precisión: 
ni soledad ni compañía; 
ni adiós ni frecuencia; 
ni vísperas ni hoy. 

Tomad, comed, éste es mi cuerpo; 
tomad, bebed, ésta es mi sangre. 

Señor, tú sólo tienes las manos 
para que una entre en la otra, 
para que seas el Señor largado, 
para que seas el Señor entrando, , 
para que Jerusalén seas tú mismo, 
entrado al canto llano! 


88 



Si tú no eres el canto llano, 
si él no es el Señor del canto, 
sólo sabrás tanto como lo que ignoras 
e ignorarás tanto como lo que sabes; 
sólo sabrás compararte 
y compararte es ignorar. 

No compares; allana. 

Si vacías y vuelves, a llenar una espiga, 
sólo sabrás que son los mismos granos; 
y ni siquiera sabrás cuántos son, 
vaciándola y llenándola; 
y, menos aún que nunca, 
sabrás el que la grana, 
j Cuánto de uno has perdido, 
infinitamente! 

Cuánto de mies en uno perdido, 
hiciste el infinito! 

Canto llano de mies, 
no mies de granos, 
tan de llaneza granado, 
tan de canto al allanarse, 
cantado nunca cantado, 
siempre de canto, cantado, 
mi eterno Señor, cantando! 



XXVIII 


Grana la gracia. Señor, 
y, ella es tu grano; 
granas tú, que eres la gracia, 
y, el Señor, en ti, granando. 

El grano que alcanza al grano, 
es el que te desgrana; 
es el grano, comparado* 
y el perdido de tu gracia. 

Tu mies, Señor, sólo grana, 
de la gracia incomparable 
y del Señor de su canto. 

XXX 

A quién puedo yo compararte, 
si yo he de perder tu gracia, 
si perdido el canto llano, 
no soy tu gracia que canta? 


90 





INDICE 


— Homenaje al Poeta Basso Maglio* por 

Esther de Cáceres 5 

El azahar y la rosa 13 

Canto llano 83 

\ % 


93 





dalia. ?a 13 as so JI\aflio 


CANELONES 1327 - A P. 20 


TEL 8 77 19 



Edición resuelta 
por ei 

Consejo Nacional 
en homenaje 
al poeta 

Vicente Basso Matoso 
con motivo de 
su desaparición 
en Setiembre de 1961 


Montevideo, 
Diciembre de 1962